sábado, 21 de mayo de 2016

LA NUEVA CULTURA DEL COMER. REFLEXIONES DESDE EL CORAZÓN DE MANCHESTER



Arturo Compés.

            Como de costumbre, ayer paré en la gasolinera de al lado de mi casa para repostar. Justo a mano izquierda, y como una extensión de la gasolinera, hay un Macauto. Como siempre que paro en ella, observo en un primer momento, indiferente, el establecimiento de Macdonal como si ello no fuese conmigo. Ayer debería haber sido como cualquier otro día. Sin embargo, algo me llamó la atención. Ayer era pronto, en torno a las nueve de la mañana, y asombrosamente, el Macauto estaba lleno. Si, repito: el Macauto estaba lleno. La cara de perplejidad y de asombro que se me quedó fue de foto. Ayer no era medio día, ni media tarde, ni si quiera la hora de cenar. Ayer eran las 9 de la mañana, y como si de una cafeteria se tratase, el Macdonals estaba funcionando a pleno rendimiento. ¿Qué esta ocurriendo en Gran Bretaña para que a las 9 de la mañana de un miércoles un Macdonals este lleno?
            Nuestra sociedad occidental es la sociedad de comprar, comprar, comprar y más comprar. El consumismo, como elemento, diría yo, congénito a nuestra condición como sociedad posmoderna se ha ido extendiendo por el mundo occidental, y no tan occidental, desde aproximadamente 1950-1960. La ruleta de producir, vender y comprar se ha extendido a todos los niveles. Cada vez que paseo por la calle peatonal de Market Street, en el centro de Manchester, tengo la sensación, con todos esos carteles de marcas, propagandas y ofertas que golpean mis sentidos, que entro en ese nuevo reino llamado Comprame. Tal llega a ser el caso de preocupante que en 2011, justo después de los disturbios de Londres, un informe llegó a argumentar que las causas de los mismos había que buscarlas en el consumismo[1].
            Dentro de este monstruoso mundo que es el consumo desenfrenado, el fast food ocupa un lugar central en la sociedad británica. La última encuesta habla por si sola: en 2016 Gran Bretaña sea ha convertido en el primer país europeo, y quinto del mundo, que más gasta por habitante en fast food[2]. La vida cada vez más ajetreada en las ciudades, los ritmos y horarios de trabajo siempre difíciles, así como las nuevas condiciones laborales de la clase trabajadora británica, cada vez más flexibles e imposibles de compatibilizar con una vida digna, ha favorecido, entre otras razones, que este cambio de hábitos alimenticios se aceleré hasta el extremo de no reparar, ni tan siquiera, en cuestiones tan fundamentales como es alimentarse.
            Así, supermercados y Take Aways piensan por ellos. Pasillos enteros de congelados, comidas preparadas y cientos de tipos de snacks de muy dudoso valor nutricional asolan Tesco, Sainsbury y muchos otros establecimientos. Y es que la oferta es tan grande y variada que muchas familias, en ese galopar del día a día, terminan haciendo de este tipo de productos preparados una parte muy importante de su alimentación semanal[3].
            De tal forma, y como una sombra que desaparece cuando el sol se cubre, poco a poco estamos asistiendo al ocaso de una tradición culinaria que comenzaba en las cocinas de los hogares británicos. Sigilosamente, esta cultura e identidad gastronómica se ha ido abandonando en favor de otra nueva cultura del comer basada en el JUST EAT. Ya no sólo se olvida de cocinar, sino que también se olvidan cuestiones tales como qué es comer, y más importante, qué comer. El problema estriba en que este nuevo modelo no repara en temas de salud y hábitos alimenticios. De echo, los datos del NHS para 2016 son alarmantes: en torno al 56% de la población adulta tiene sobrepeso. Y lo que es peor, el 25% de la población adulta es obesa. Es decir, uno de cada cuatro adultos tiene problemas de obesidad[4]. Ya no se trata de un pequeño problema. Estamos asistiendo a lo que la OMS ha calificado de epidemia mundial[5].
            Al final, eso de la salud qué más da siempre y cuando se compre. Y para ello, la industria de la alimentación sabe bien lo que hace, mirando siempre por su bolsillo y poco por el que lo compra. No venden lo que la sociedad requiere, sino lo que ellos quieren que la sociedad compre. No es por casualidad que esta nueva cultura del comer se levante sobre productos apetecibles que nos llenan hasta la saciedad. Importa la cantidad y poco la calidad. Que entre por los ojos y que cree una falsa sensación de bienestar temporal hasta que de nuevo el cuerpo quiera más.
            Al final, lo irracional se convierte en racional. Y lo más peligroso, algo que no es normal, se convierte en normal y cotidiano. Da igual la hora que sea. Da igual donde estés y con quién estés. Cualquier hora es buena para verte atrapado por la llamada de esta nueva cultura gastronómica llamada JUST EAT.


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