lunes, 21 de diciembre de 2015

CLASISMO, IZQUIERDISMO Y FRENTES DE MASAS



Pablo González Bolado


Este pequeño estudio se basa en las reflexiones cosechadas durante mi militancia. Introspecciones que obtengo al trabajar, al leer y al observar diariamente.
Lo primero que me gustaría aclarar es de donde vengo. Me considero un marxista-leninista. Pero, ante todo, no me considero un comunista dogmático. Es difícil de describir la sensación que me produce tener que incluir ese apellido al leninismo, el de “no dogmático”. Curioso, ¿no? “Curioso” sería la palabra, a falta de encontrar una más adecuada y menos ofensiva. Una vez presentado, doy las últimas pinceladas a esta introducción.
Es mi postura—basada en analizar la política desde posiciones racionales y no de odio injustificado—la que me trae hasta aquí. Puede haber partes del texto inspiradas en ideas o personas que se alejan ocasionalmente de mi ideología, pero que en su momento histórico supieron realizar una crítica constructiva. Al fin y al cabo, nadie posee la táctica revolucionaria perfecta. Formarse no debe limitarse a deleitar los ojos con lecturas cómodas y agradables con las que no disentir en ningún punto.

El presente artículo busca realizar una reflexión sobre el trabajo realizado hoy en día por los comunistas en su intervención externa. Me remito a las tesis de la Tercera Internacional y a pensadores marxistas—no a todos ellos me referiré directamente—en el amplio abanico que ello conlleva. Un análisis de cómo aún hoy en día, el movimiento comunista en el Estado español sufre los daños del eurocomunismo.
Sin la mínima intención de entrar a hacer análisis o valoraciones sobre el tacticismo de Carrillo y el PCE durante la transición, hemos de reconocer que nos influye. Nos influye por dos motivos. El primero es que supuso la gran división del movimiento. A un lado se quedaron todas esas personas con ganas de cambios inmediatos, descafeinados, frente al otro, donde se cobijaron los guardianes del purismo y de la inmaculada ideología. Como consecuencia del primero aparece el segundo, la destrucción del trabajo social del partido durante la dictadura; los primeros prescinden de ella y los segundos se vuelven lo suficientemente sectarios como para no poder seguir llevando a cabo esas funciones.
Todo esto es un círculo vicioso que ha costado frenar. El hecho de frenarlo no significa ni de lejos que se haya revertido el daño producido. Porque sí; el PCE ha demostrado que ha dejado de ser un partido en el sentido liberal del término. Una organización cuyo único objetivo es aglutinar masas en su seno y en torno a su programa, para ganar unas elecciones. Pero no juega todavía el papel de vanguardia que según los pensadores del entorno de la III Internacional los partidos comunistas deben tener. Podríamos concluir que el partido, poco a poco, se va liberando de sus pesos muertos y sus elementos oportunistas. Todo ello sabiendo que todavía quedan grandes pasos por dar hasta su reconstrucción.
En el otro lado, está el jugo de la cuestión, lo que nos interesa ahora. Sí, hablo del izquierdismo. Lo digo abiertamente. El izquierdismo está en casa y fuera de ella. Es consecuencia del repliegue de los sectores “leninistas” más conformistas. Sin embargo, para ellos, el conformista seré yo. Aunque las palabras para definirme serán “revisionista”, “reformista", etc. Supongo que seré conformista por creerme las posturas sobre el frente amplio, por creer que hay que aprovechar todos y cada uno de los momentos para avanzar—aunque sea a un ritmo lento. Porque no creo que el refugio bajo unos símbolos o unas premisas radicales sirva para cambiar nada. Hoy nos toca un nuevo repliegue, ante fuerzas que nos han superado y que hacen que los comunistas nos comportemos con miedo, agresivos ante posibles aliados. Con el tiempo cambia el nombre de los actores políticos, pero no los intereses que defiende cada uno y olvidamos las enseñanzas de Dimitrov de que:
El éxito de toda la lucha del proletariado va íntimamente unido a la creación de la alianza de lucha del proletariado con el campesinado trabajador y con las masas más importantes de la pequeña burguesía urbana, que forman la mayoría de la población incluso en los países industrialmente desarrollados. (Dimitrov, 1935)
Fruto de todos estos debates entra en juego el papel de los revolucionarios, que en ocasiones no son los mismos que los comunistas del partido. Con comunistas del partido me refiero a todos aquellos inmovilistas que se convirtieron en adalides de las causas perdidas. Es que el izquierdismo se repite una y otra vez en la historia, casi sin variar sus fórmulas. Frente a esto aparecen los revolucionarios, está el ejemplo de Fidel Castro, el de Ho Chi Minh y de tantos otros militantes que por culpa de la incapacidad del partido para leer el momento histórico, salieron a buscar soluciones fuera.
Por ir cercando el tema y dejar de divagar, no puedo no acordarme de Lenin, instando a los cuadros del partido a participar en los movimientos transformadores. Interpretando a Marx y Engels de forma no dogmática. Debatiendo intensamente, con la premisa de que “la revolución no se hace, se organiza”. Porque eso es lo que nos lleva a la calle, a trabajar en las asociaciones, sindicatos, plataformas; en definitiva, los frentes. A trabajar en la sociedad para aspirar a crear las condiciones propicias para la fragmentación del capitalismo. A golpear los pilares más débiles del sistema que queremos transformar. Porque, recordemos, no sirve de nada quejarse de lo malo e inmoral que es el capitalismo; esa labor la realizan hasta los partidos socialdemócratas que se subordinan al régimen de la mano invisible. Nosotros creemos en la dialéctica, en que las sociedades avanzan a base de superar las contradicciones en las que están sumergidas sus clases. Y, en consecuencia de ello, somos partícipes de esta siempre, no solo cuando hay problemas.  
Aunque en parte lo sea, no quiero que esto sea un cúmulo de citas de Lenin y otros autores. No soy partidario de entrar en los juegos de mochilas, de pegarse por ver quien está más a la izquierda. No me gusta dar el placer de entrar en ese juego. Ni a la derecha, ni a la izquierda. Me gusta que me juzguen por mis actos y no por el folclore. Y aclarado esto—necesitaba hacerlo para poder seguir escribiendo—prosigo con lo que nos concierne.
Todo esto lleva un tiempo en mi cabeza, pero lo que me hizo explotar fue que la izquierda adoptase la premisa de “la universidad como motor de cambio”. El más absoluto clasismo, camuflado bajo un falso intelectualismo típico de la derecha más conservadora. La rendición ante la ideología dominante de una izquierda desnaturalizada y sin razón de ser. En definitiva, la asunción de las teorías del posmarxismo. La negación del papel de la clase trabajadora como sujeto revolucionario y por ende la distinción de “clases intelectuales”, lo cual no está muy lejos de las teorías de La República de Platón. Teorías que hoy distan mucho del modelo de sociedad en el que personalmente creo. Seamos materialistas, la universidad debe ser una institución de democratización del saber. Admitir la división de las esferas de la universidad y la sociedad significa sucumbir ante el neoliberalismo.
El problema del clasismo y el izquierdismo en los frentes es a su vez una representación de los problemas internos de la organización comunista. Al final, hemos caído en los vicios partidistas más típicos de la socialdemocracia. Hemos abandonado el centralismo democrático, para convertirnos en organizaciones de ejecutivas renovadas tras cada proceso congresual. Estas ejecutivas se centran más en mantener su poder que en fomentar el desarrollo de la militancia. En este ambiente se hace referencia continuamente a la unidad de acción y de discurso, a la disciplina de partido, pero olvidando lo que nos hace comunistas: la dirección colectiva. Lo resumía el Ché Guevara de la forma más sencilla y simple posible—y, es que, para llegar a las masas es más importante eso que devorar libros de filosofía—cuando decía que un guerrillero valía mucho más que los soldados de Batista, porque un guerrillero sabía porque combatía.
Las ejecutivas se escudan bajo una burocracia para llevar a cabo su actividad del día a día. En términos gramscianos, se establece una división en cuatro partes a la hora de analizar los partidos en períodos de crisis orgánica: el grupo social, la masa de los partidos, la burocracia y el estado mayor de los partidos. La burocracia se puede identificar como ese ente utilizado para proteger los intereses del núcleo dominante y permitir su permanencia en el poder,
…es la fuerza consuetudinaria y conservadora más peligrosa; si ella termina por constituir un cuerpo solidario y apartado y se siente independiente de la masa, el partido termina por convertirse en anacrónico y en los momentos de crisis aguda desaparece su contenido social y flota como en las nubes. (Gramsci, 1917-1933).
El problema entre la burocracia y los frentes es un problema hacia el interior del propio partido. Si renegamos de la dirección colectiva e implantamos las ideas a la fuerza, nuestros soldados dejan de saber porque luchan. Son meros afiliados de un partido, que se limitan a votar en bloque asamblea tras asamblea. Se produce una voladura de la apariencia democrática de los frentes de masas. Es decir, si el cuadro no es capaz de hacer hegemonía en su lugar de actuación y gana debates forzando votaciones, se termina produciendo un éxodo de todas las personas que no pertenecen directamente al grupo social de los partidos.
Se nos olvida, o el izquierdismo nos hace olvidar, que las tareas revolucionarias deben ir de la mano de las masas. La actual autoproclamada vanguardia se encuentra muy alejada de aquellos a los que dicen guiar; algo que imposibilita llevar a cabo la praxis a la que nos referimos rimbombantemente en todos los documentos. Cuando nos referimos a las funciones del partido, las labores o la práctica, es muy importante contar con los frentes de masas, porque ellos son los que modifican o desestiman nuestras tesis. Es algo más simple que un debate teórico sobre la intervención. Basta con fijarse en la reacción que tienen  los movimientos sociales ante nosotros. Por tanto, les debemos un mínimo respeto. Sin embargo, se plantea el discurso y la acción sin tener en cuenta a las masas, lo cual supone el divorcio definitivo entre estas y la organización.
En la calle, se ve una repulsa significativa: ciertos sectores movilizadores miran con recelo a los comunistas. Y esto desgraciadamente es algo normal; caemos en la estrategia de la imposición. Intentamos crear movimientos sociales exclusivamente de comunistas, por lo que nos enfrentamos a todos los que no lo son. Las masas huyen de nosotros—como he explicado anteriormente—quedando solo a nuestro lado personas claramente afines a la organización. No obstante este batacazo promovido del sectarismo ya había sido pronosticado por Lenin, al decir que:
“La alianza de   comunistas   con   no   comunistas   es   indiscutiblemente necesaria [...] Uno de los más graves y peligrosos errores de los comunistas (como en general de los revolucionarios que hayan coronado con éxito la etapa inicial de una gran revolución) es el de imaginarse que la revolución puede llevarse a cabo por los revolucionarios solos. Por el contrario, para el éxito de todo trabajo revolucionario serio, es necesario comprender y saber aplicar en la práctica el concepto de que los revolucionarios sólo son capaces de desempeñar el papel de vanguardia de la clase verdaderamente vital y avanzada. La vanguardia cumple sus tareas como tal vanguardia sólo cuando sabe no aislarse de la masa que dirige, sino conducir realmente hacia adelante a toda la masa. Sin la unión con los no comunistas, en los más diversos terrenos de la actividad, no puede ni siquiera hablarse de ninguna construcción comunista eficaz.” (Lenin, 1922)
El frente de masas termina por transformarse en un brazo político del partido, un frente de cuadros, y no en un espacio de aglutinación de las demandas propias de la clase trabajadora. Un espacio abierto a los simpatizantes y un campo de batalla para los discrepantes del oficialismo. Campo de batalla que culmina en escisiones y rencores hacia el propio frente. Los cuales solo ponen trabas a la protesta y logran la desmovilización, fruto de la incomprensión popular de las batallas internas de la izquierda.
Y, en el fondo de todo el asunto, se vislumbra un problema sencillo pero difícil de subsanar. La incomprensión de los conceptos táctica y estrategia. La confusión de ambos, la mezcla del corto y el largo plazo. La confusión de estos términos es el principio de todo. La incapacidad de creer en cambios pequeños, realizados a lo grande, viene de plantear el socialismo como táctica, objetivo a corto plazo. Sin pensar que las conquistas en el capitalismo son el antecedente del socialismo. Así como no plantarse el socialismo ni como utopía, abandonando la esperanza de todo cambio. Y esto no es reformismo, pues negar esta idea sería despreciar el papel de la lucha sindical.
Las ideas correctas vienen de la práctica y la formación, no son nada la una sin la otra.



Dimitrov, G. (1935) “La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo”, 7º Congreso de la Internacional Comunista. 2 agosto 1935. Marxists Internet Archive. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/dimitrov/1935.htm [Consultado 4-11-2015]
Gramsci, A. (1917-1933) “Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos políticos en los períodos de crisis orgánica”.  Cuaderno de la cárcel 5: Pasado y Presente. México: Ediciones Era. Disponible en: https://books.google.es/books?id=GKkkTpVU7GAC&pg=PA52&dq=observaciones+sobre+algunos+aspectos+de+los+partidos+pol%C3%ADticos+en+tiempos+de+crisis+org%C3%A1nica&hl=es&sa=X&redir_esc=y#v=onepage&q=burocracia&f=false [Consultado 7/11/2015]
Lenin, V. (1922) Sobre el materialismo militante. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1920s/iii-1922.htm [Consultado 20/11/2015]





Esta obra utiliza licencia Creative Commons 3.0