jueves, 5 de octubre de 2017

Presentación del libro: El Marxismo y la encrucijada postmoderna: notas para una historia social y cultural. Gustavo Hernández Sánchez. Grupo de estudios culturales A. Gramsci


QUÉ FUE AQUELLO DE LA HEROÍNA. Parte I.


César Méndez Anciones
Historiador. Miembro del Grupo de Estudios Culturales A. Gramsci.

            Son algunas las referencias que nos llegan en relación a este fenómeno a la población más joven nacida después de la década de los ochenta, o ``milenials´´, como ahora se nos denomina. Sin ir más lejos la famosa canción ``heroína´´ de los rumberos Los Calis en 1986 ya narraba la diabólica dependencia que genera la misma. También la serie que retransmite Televisión Española (TVE) ``Cuéntame´´ - con la que mi generación ha crecido - hace eco de la misma al llegar a los 80, ocupando la heroína alguno de sus capítulos con la adicción de Inés y la muerte por sobredosis de su pareja. Pero si nos ponemos a hablar de filmografías, sin duda alguna, ``El Pico´´ del director Eloy de la Iglesia nos mostraba la cruda realidad en 1983, convirtiéndose en una obra de referencia sobre el cine social español. Para algunas personas la heroína representa uno de los puntos negros de la historia social española que se llevó por delante a toda una generación de diferentes barrios, así lo indican, por ejemplo, el escritor Javier Cercas o Carmen Avedaño (Madres Contra la Droga). Para otros, como el historiador Juan Carlos Usó: `` la heroína no fue un problema tan general y extendido, sino que hubo mucho de folclore mediático y exageración´´[1].
            Lo cierto es que El Observatorio Español de la Droga y la Toxicomanía (OEDT) estima que el número de personas fallecidas en el estado español por sobredosis entre 1983 y 1997 se elevó a 15.910[2], número que aumenta con los fallecimientos producidos por la nueva enfermedad de los 80´, el SIDA, que dejaba tras sí 35.000 muertes[3]. El 70% de ellas estaban relacionadas con el contagio a través del consumo de drogas, lo que posicionaba a España en el primer país europeo en cuanto a casos acumulados de SIDA relacionados con la heroína (debido a su fácil contagio al compartir aguja). Mientras, el gobierno socialista se mostraba incapaz de adoptar medidas que ya se estaban tomando en el resto Europa, como los programas de intercambio de jeringuillas. Solo en la séptima galería de la cárcel de Carabanchel se usaban de una a cinco jeringuillas para trescientos presos ante una negativa a la demanda de estas propuestas[4].
            Se podría decir entonces que la heroína ha causado alrededor de unas 40.500 muertes en España desde el año 1983 hasta 1997, sin contar asesinatos por robos para costearse el chute, ni suicidios de personas sobrepasadas por aquella situación y de las cuales muchos tenemos referencias cercanas (conocidos, del pueblo, del barrio…). Para ser conscientes de tal magnitud diré que los asesinatos producidos por ETA -por ejemplo- en toda su historia son de 849 personas.
            Entonces, ¿cómo es posible que, para algunos, solo sea una mitificación? Posiblemente el entorno jugara un papel fundamental a la hora de percibir las diferentes realidades sobre la droga. Mientras en Burgos los jóvenes consumidores se estimaban en un 3,9% de drogadictos en 1984 según El País tras una investigación interdisciplinar coordinada por el catedrático de sociología de la universidad de Salamanca Jesús María Vázquez[5]; en la cuenca minera de Asturias, según el mismo periódico, el número de jóvenes de que consumían droga habitualmente se elevaba a un 30%, en una investigación de Antonio Hevia Rodríguez en el mismo año (cannabis 71,7% ,tranquilizantes el 34,1% y estimulantes 27,2% de dichos jóvenes)[6]. Zonas obreras e industriales arrasadas por las políticas liberalizadoras – Ley 27/1984 sobre reconversión e industrialización[7]-de Felipe González y sus ministros Boyer y Solchaga -presentaban un mayor número de adictos.
            Esta droga que a mediados de los 70´se reducía a un cerrado sector de familias ilustres de alto poder adquisitivo (hijos de periodistas, directores de cine o políticos), elitista y para el consumo propio, comenzó a crecer sin freno[8]. El periodo comprendido entre 1979 y 1982 coincidió con el mayor índice de nuevos consumidores de entre 15 y 44 años, con un máximo de 190 inicios por cada 100.000 habitantes en 1980[9]. Los más afectados fueron varones jóvenes residentes en zonas urbanas de bajo nivel adquisitivo, aunque integrados socialmente, siendo el 79% de los consumidores de extracción humilde trabajadora. Con el paso del tiempo se agudizó en amplios sectores de jóvenes proletarios y subproletarios. El producto conoció entonces una duplicación del precio de venta en el mercado[10].
            Otra noticia del mismo diario en el año 1984 nos afirma que San Sebastián (de 180.000 habitantes entonces) ``tiene la mayor población mundial adicta a la droga´´ por delante de Nueva York o Londres (de siete millones de habitantes), a la vez que declaraba que en España había unos 150.000 adictos a la heroína y la cocaína – datos similares a los que ofreció ministerios de Sanidad y Consumo, Trabajo y Seguridad Social y Cultura un año después[11]-El número de consumidores habituales de heroína aumentó en un 58,2% desde 1980 hasta 1985[12].
            No fue hasta 1985 cuando el gobierno de Felipe González puso en marcha un ineficaz Plan Nacional sobre Drogas, con unas medidas cada vez más duras con el consumidor y pequeño traficante (Ley de 1988 y 1992 o ``Cocuera´´) que hicieron que España se convirtiera en el país europeo occidental con la mayor tasa de encarcelamiento, estando el 70% de ellos relacionados directa o indirectamente con las drogas[13] (cifra que otros autores aumentan hasta el 90%[14]). El Plan Regional daba metadona desde 1986 y atendía cada año entre unas 30 y 40 personas en Madrid, algo irrisorio si lo comparamos con la cifra de adictos. Solo en el barrio obrero de Tetuán, el 8% de la población nacida ente 1951 y 1970 habían sido heroinómanos, muchos de ellos desde los trece años[15]. En sus primeros tres años de vida solo atendió al 1% de heroinómanos de Madrid. Las respuestas no llegaban, a pesar de ampliarse los convenios con los ayuntamientos o Cruz Roja para el tratamiento con metadona, pues finalmente se comprobó que era lo más eficaz para tratar la adicción. No fue hasta junio de 2002 cuando la agencia antidroga acabó con la lista de espera[16]. Ejemplo fueron las organizaciones vecinales que empezaron a entender a los drogodependientes como enfermos y no como criminales, siendo La Coordinadoras de Barrios de Madrid uno de los ejemplos más llamativos, o ``Erguete´´ o Madres Contra la Droga que comenzaron a poner de relevancia la impunidad de los narcos.
            Ante estos datos es inevitable que varias preguntas se nos vengan a la cabeza. ¿Por qué la heroína?, ¿cuáles fueron los motivos para la diferencia entre barrios, ciudades y clases sociales?, ¿cómo es posible la tan rápida extensión social? Seguiremos con el hilo en los siguientes artículos.




[1] Heroína como arma de estado: así se desmonta el mito más absurdo de la izquierda, El Coonfidencial.
[2] Observatorio Español de la Droga y la Toxicomanía: Informe 2011: Situación y tendencias de los
problemas de las drogas en España. Madrid. Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. 2011. pg.
189
[3] Secretaria del Plan Nacional sobre el SIDA: VIH y SIDA en España: situación epidemológica, 2001.
Madrid, Ministerio de Sanidad y Consumo, 2002.
[4] JUAN GAMELLA y RAÚL LUMBRERAS (testigo ex -heroinómano). Reportaje TeleMadrid
``Generación destruida por la heroína´´
[5] HEMEROTECA ``EL PAÍS´´: El 3,9% de los jóvenes de Burgos son drogadictos habituales, El País.
[6] HEMEROTECA ``EL PAÍS´´: El 30% de los jóvenes de las localidades industriales asturianas
[7] YEBRA CEMBORAIN, RAÚL OSCAR. Reconversión industrial, en Revista española de financiación
y contabilidad, ISSN 0210-2412, Nº 47, 1985 , pg. 415
[8] GALLERO, JOSE LUIS. Solo se vive una vez: Esplendor y ruina de la movida madrileña. Madrid,
Ardora, 1991. pg. 155 – 156. `` La droga era muy limpia entonces. Venía de la India o de Tailandia, vía
Ámsterdam. Ibas a Ámsterdam y te traías dos gramitos. Muy elitista. Los primeros yonquis que hubo en España eran gente con mucha clase. No había problemas de ningún tipo, no había sida, no había enfermedades´´ 
[9]SÁNCHEZ-NIUBO, ALBERT; FORTIANA, JOSEP; BARRIO, GREGORIO; SUELVES,  JOSEPMª; CORREA, JUAN FCO; DOMINGO-SALVANY, ANTONIA. Problematicheroin use incidencetrends in Spain. Adicction. 00.02.2009. pg. 248-255
[10]GAMELLA, JUAN F. Los heroinómanos de un barrio de Madrid: un estudio cuantitativo mediante métodos etnográficos. Antropología. 00.03.1993 – 00.10.1997. pg. 57-101
[11] USÓ, JUAN CARLOS. ¿Nos matan con heroína? Sobre la intoxicación farmacológica como arma de
Estado. España, 2015.  ISBN 978-84-608-3480-9. pg. 119. HEMEROTECA ``EL PAÍS´´: San Sebastián tiene la mayor población mundial adicta a la droga.
[12]RODRIGUEZ, M.E. y ANGLÍN, M.D. The epidemiology ofillicit drug use in Spain. UNDOC UnitedNations Office onDrugs and Crime. 01/01/1987
[13]Federación Española de Sociología: la evolución de la población carcelaria en España (1975-2007).
[14]ESCOHOTADO, ANTONIO. Historia General de las Drogas. Madrid, 1998. ISBN 84-206-3516-2. pg. 842
[15]GAMELLA, JUAN F. Heroína en España, 1977 – 1996. Balance de una crisis de drogas
[16]Reportaje de TeleMadrid. La Generación destruida por la heroína

lunes, 3 de julio de 2017

Ideología y disciplina del trabajo en el capitalismo contemporáneo. Rodrigo Bazzano Firpo

INTRODUCCIÓN

La constitución española de 1978 se reivindicaba como un Estado Social y de Derecho, España se sumó, cuarenta años después, al tren de la Europa socialdemócrata. El reconocimiento de la educación, la sanidad y los derechos de los trabajadores fueron la consagración de las aspiraciones – al menos una parte de las aspiraciones -  de una ciudadanía que identificaba democracia y progreso socio-económico. Pero Europa tenía otros planes. A finales de los años 70 se estaba consolidando un ambicioso proyecto político: el neoliberalismo. Esta ideología de mercado tuvo que ganar espacio en un ambiente cultural claramente progresista. Mayo del 68 y otros movimientos revolvieron las conciencias de medio mundo. Querían acabar con la represión y el conservadurismo, exigían libertad y autonomía para los trabajadores, para los estudiantes, para las mujeres, para las etnias y para todas las orientaciones sexuales. La revolución no era solo contra el capital, sino contra todas las estructuras de opresión. 50 años después el neoliberalismo es ya una realidad económica y política y hasta los partidos socialdemócratas profesan muchos de sus principios. ¿Qué ha pasado? En este trabajo se da una explicación, desde el ámbito de “las ideas”, que parte de ese momento de crítica al capitalismo keynesiano de los 70 para intentar entender la estrategia discursiva y la configuración ideológica del neoliberalismo.
El trabajo se divide en tres partes. La primera es una propuesta conceptual, que establece un marco teórico desde el que interpretar los procesos que se explican a continuación. La segunda explica algunos cambios ideológicos en torno a las ideas de “sujeto” y “disciplina”. Y la tercera está referida específicamente al espacio laboral, exponiendo la construcción de los valores del trabajo promovidos por la ideología de mercado, tales como la calidad, la flexibilidad, la autonomía o la participación.

OBJETIVOS

Partimos de la premisa de que el neoliberalismo es una forma de ideología especialmente sutil e inteligente. Se presenta como una visión técnica, no política y opera en ámbitos distintos al tradicional discurso político. Nuestras generaciones más nuevas han sido socializadas en una sociedad en transición hacia el modelo neoliberal. Independientemente de los discursos y argumentos con los que los individuos de estas generaciones se identifiquen, existe un elemento neoliberal en su aproximación a la realidad, una lógica inconsciente que hemos llamado aquí subjetividad neoliberal. Este trabajo pretende, por un lado, aportar las herramientas teóricas necesarias para vincular el análisis de determinadas iniciativas económicas, culturales y sociales con la proliferación de un tipo de subjetividad, y por otro explicar de qué elementos se compone y como está articulada esta subjetividad. Es decir, queremos explicar qué es y en qué consiste la subjetividad promovida desde los poderes públicos y privados vinculados al proyecto neoliberal.

MARCO TEÓRICO Y HERRAMIENTAS CONCEPTUALES

El campo de estudio en el que nos enmarcamos - la relación entre la conciencia y los procesos sociales realmente existentes - ha existido de forma dispersa durante toda la historia del pensamiento humano. Hasta la ilustración, y durante la misma, dicha relación se ha estudiado como parte de las propuestas ontológicas y epistemológicas de filósofos y teólogos. Las diferencias entre objeto y sujeto, lo sensible y lo inteligible han sido tema de producción filosófica para autores grecolatinos, la escolástica cristiana, la filosofía moderna y la ciencia positiva. La preocupación por la no correspondencia entre lo sensible y la verdad, entre la forma y la esencia, es la principal antecesora de la preocupación por la ideología.
A mediados del siglo XIX K. Marx (como veremos en el próximo apartado), trató de buscar una explicación sistémica de las condiciones de posibilidad de las ideologías. A veces en un sentido más especulativo[1], y otras veces mediante laconstatación sociológica, en obras como El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

El espíritu del Capitalismo

Medio siglo después el sociólogo Marx Weber acuñaría el concepto de “espíritu del capitalismo”, en su célebre libro La ética protestante y el espíritu del Capitalismo[2]. Según este autor el ascetismo protestante, entendido como la relación individual del hombre con Dios, y la demostración de la valía personal a través del ascenso social, la profesión y el éxito económico – dentro de unas coordenadas morales – dieron pie al desarrollo del modo de producción capitalista, lo que explicaría por qué Alemania e Inglaterra fueron los primeros países en consolidar su sistema capitalista (Weber, 2001). Una espiritualidad transversal a todas las facetas de la vida, frente a la búsqueda de “lo esencial” – el ethos católico retomado de la filosofía grecolatina- en la vida religiosa (Boltanski y Chiapello, 2002: 42). La dirección de la causalidad entre “el modo de producción de la vida material” y el “proceso de la vida social, política y espiritual” (Marx, 2001) será durante el siglo XX el eje de múltiples debates.
Lo coincidente entre Marx y Weber fue establecer un claro vínculo entre los procesos culturales (de la conciencia) y los materiales (de la producción), con la pugna política entre las diferentes clases sociales por imponer su modelo como telón de fondo. Esta visión es, además, una aproximación sociológica a los procesos sociales, que busca encontrar el lugar de los elementos económicos, políticos y sociales como una “articulación” conflictiva y en movimiento (no estanca).
El concepto de espíritu del capitalismo se ha seguido desarrollando tras la muerte de Weber, convirtiéndose en la alocución con la que se nombra el entramado ideológico vinculado al capitalismo. Los autores que más han aportado a este desarrollo han sido Luc Boltanski y Eve Chiapello con su libro El nuevo espíritu del capitalismo (2002). En esta obra se distinguen a lo largo de la historia tres espíritus del capitalismo, vinculados a tres formas históricas del capitalismo. 1) el espíritu del capitalismo previo a la segunda guerra mundial. 2) el espíritu del capitalismo de posguerra y 3) el “nuevo” espíritu del capitalismo (a partir de los 70 y consolidado durante los 90). Siendo la transición entre el espíritu 2 y el espíritu 3 el objeto de estudio del citado libro.
Para desarrollar todo el corpus teórico relacionado con este “nuevo espíritu del capitalismo” la perspectiva más utilizada ha sido el análisis de discurso aplicado a la “literatura managerial”. La literatura managerial son todos los escritos que pretenden reflexionar, aconsejar o persuadir sobre la gestión de las empresas y los “recursos humanos”. En las páginas de estos libros y folletos vemos una de las declaraciones de intenciones más explícitas y sinceras sobre la ideología capitalista. Al ser un discurso “desde la empresa” y “para le empresa”, no necesita justificar sus premisas más que en la eficacia para cumplir los objetivos de la empresa. Por ello autores como los antes citados Boltanski y Chiapello o Carlos Fernández Rodríguez han hecho uso de estos libros para comprender la fisionomía de la ideología capitalista:
La literatura del management es un discurso desde la empresa, un discurso que representa los intereses del capitalismo. Es muy homogénea en sus contenidos y estilo, y su principal objetivo es el adoctrinamiento de los directivos y trabajadores.[3]
Boltanski y Chiapello elaboran su “nuevo espíritu del capitalismo” partiendo de la premisa de “las justificaciones” necesarias para que “asalariados y capitalistas” decidan “adherirse al capitalismo” (Boltanski y Chiapello, 2002:40). El “espíritu”, es decir el entramado ideológico vinculado a una práctica (en este caso económica) determinada, es una condición de posibilidad para el funcionamiento de cualquier proceso. Todo sistema económico necesita una justificación para movilizar a los agentes involucrados en él, y más un sistema como el capitalismo, basado en la acumulación ilimitada del capital, en un crecimiento sin límites. Mantener el compromiso únicamente mediante la violencia es un imposible a largo plazo. “El solo hecho de que una voluntad surja y se oponga al poderoso da testimonio de la debilidad de su poder. El poder está precisamente allí donde no es tematizado. Cuanto mayor es el poder, más silenciosamente actúa” (Han, 2014:27). La gran victoria del capitalismo post guerra fría, como señalara Frederic Jameson en su libro El giro cultural es que “Hoy en día, parece que es más fácil imaginarse la completa degradación de la tierra y la naturaleza que el derrumbe del capitalismo tardío” (Jameson, 1999:77). Boltanski y Chiapello definen el “espíritu del capitalismo” como “la ideología que justifica el compromiso con el capitalismo” (Boltanski y Chiapello, 2002:41).
En tanto que ideología dominante, el espíritu del capitalismo tiene, teóricamente, la capacidad de penetrar en el conjunto de representaciones mentales propias de una época determinada, de infiltrarse en los discursos políticos y sindicales, de proporcionar representaciones legítimas y esquemas de pensamiento a los periodistas e investigadores, de tal manera que su presencia es, al mismo tiempo difusa y generalizada.[4]
Y ¿Qué significa exactamente “ideología”? Boltanski y Chiapello pretenden trascender la definición del “marxismo vulgar” que entiende por ideología un discurso moralizador que trataría de ocultar intereses materiales, continuamente puestos en evidencia por las prácticas. Acercándose a una definición más integral y compleja que contempla un conjunto de creencias compartidas, inscritas en instituciones, comprometidas en acción “ancladas en lo real”. (Boltanski y Chiapello, 2002:33).
Aunque con esta definición podríamos seguir trabajando, vemos necesario explicar muy brevemente el significado del concepto de ideología, para poder desprender de él en los siguientes epígrafes algunas de sus consecuencias.

Ideología

Como hemos visto antes Marx conecta los entramados culturales, con los “modos materiales” de vida (Marx, 1975:19) y los conflictos político-económicos entre clases sociales. En La Ideología Alemana Marx critica a sus compañeros neo-hegelianos por centrarse en el ámbito de la vida espiritual de los individuos, buscando reformas en la conciencia de elementos que poco tienen que ver con los asuntos cruciales de la sociedad alemana. Esta forma cultural, muy influida por las ideas de Hegel, son lo que Marx denomina “ideología alemana”, contra lo que reclama un llamado a la acción.
Sin embargo, el propio Marx también es un discípulo de Hegel, quizás el más singular y a la vez prolífico, y sus primeras concepciones de la ideología estarán influidas por su maestro. En los Manuscritos de Economía y Filosofía explica su concepto de “trabajo enajenado”. Marx entendía que el modo de producción capitalista y la propiedad privada de los medios de producción deshumanizaban a los obreros al convertirlos en mercancía y separarlos del producto de su trabajo, así como de las decisiones sobre el proceso de trabajo. A consecuencia de este extrañamiento que sufre el obrero, todo en el mundo empieza a parecer extraño. De esta forma lo compara con la religión: “Lo mismo sucede en la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios, tanto memos guarda en sí mismo. El trabajador pone su vida en el objeto, pero a partir de entonces ya no le pertenece a él, sino al objeto” (Marx, 2001:22). Esta visión es, sin duda esencialista, encuentra en la negación de la potencialidad humana (de su esencia) la explicación de la conciencia “invertida” de la clase obrera. No obstante, encierra, ante una lectura más incisiva, algunas de las semillas del posterior concepto de ideología. La crítica del trabajo enajenado en los Manuscritos de 1844 es realmente una crítica a la economía política clásica, que presupone una serie de fantasías que pretenden dominar la conciencia del obrero (en concreto la supuesta libertad al vender su fuerza de trabajo). De la misma manera escribe en la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, obra del mismo año, lo siguiente:
Este estado, esta sociedad, produce la religión, una conciencia subverida del mundo, porque ella es un mundo subvertido. La religión es la teoría general de este mundo, su suma enciclopédica, su lógica bajo forma popular, su point dۥhonneur espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su solemne complemento, su razón general para consolarse y justificarse. Es la realización fantástica de la esencia humana, porque la esencia humana carece de verdadera realidad. La lucha contra la religión es, por tanto, indirectamente, la lucha contra aquel mundo que tiene en la religión su arma espiritual[5].
Así podemos intuir que la ideología es un espacio en el que los obreros realizan su esencia, ante lo que Marx los exhorta a realizarse no en la fantasía sino en el mundo real. Marx nos ofrecerá en El fetichismo de la mercancía[6] una explicación de lo que hoy llamaríamos “naturalización”: el proceso por el cual una construcción histórica determinada (por la lucha de clases) es percibida como algo natural.[7] Más tarde Althusser definiría la ideología - contra la interpretación canónica del marxismo, que había llevado la división infraestructura/ estructura y las metáforas del “espejo invertido” y “la falsa conciencia” al absurdo – como “la relación imaginaria entre el sujeto y sus condiciones reales de vida” (Althuser, 1984). Althusser acuña en Ideología y aparatos ideológicos del estado el término de “autonomía relativa de la superestructura” que pretendía quebrar la interpretación economicista de las cuestiones “superestructurales”. Pero esta ideología no es simplemente “las ideas de la clase dominante” como Marx había dicho en su Tesis sobre Feuerbach (1845), sino un elemento que genera ritos, prácticas y en determinadas condiciones instituciones.
El momento en que el concepto de ideología llega a su máximo potencial explicativo es cuando desde distintas tradiciones (la escuela de Frankfurt, el estructuralismo francés, el psicoanálisis) se utilizan los conceptos de Freud para explicar su funcionamiento. Althusser compara la ideología con el inconsciente psicoanalítico. Slavoç Zizek ha hecho un esfuerzo por adaptar los conceptos psicoanalíticos de Lacan (como plus-de-goce, object a, el gran otro, el síntoma o lo real) a la teoría social. Para el autor esloveno la ideología funciona cuando está ausente, cuando es un subtexto no cuestionado. Este salto freudiano del concepto de ideología nos lleva a lo que trataremos en el siguiente punto: la ideología se caracteriza por ser pre-reflexiva. La ideología no es el contenido de un juicio determinado, sino el punto de partida de todo juicio[8].
Esta es probablemente la dimensión fundamental de la “ideología”: la ideología no es simplemente una “falsa conciencia”, una representación ilusoria de la realidad, es más bien esta realidad a la que ya se ha de concibir como “ideológica” – “ideológica” es una realidad social cuya existencia implica el no conocimiento de sus participantes en lo que se refiera a su esencia -, es decir, la efectividad social, cuya misma reproducción implica que los individuos “no sepan que están haciendo”. “Ideológica” no es la “falsa conciencia” de un ser (social) sino este ser en la medida en que está soportado por la “falsa conciencia”.[9]

Ideología y sujeto

Para entender hasta qué punto la ideología orienta la conciencia y la práctica de los individuos debemos ir más allá. Como apuntábamos en el final del epígrafe anterior la ideología es algo más profundo que el simple discurso[10]. Expliquemos brevemente esta cuestión.
El sujeto es una posición particular en el mundo. En tanto que “particular” encuentra su “razón de ser” sus “rasgos característicos”, en sus determinaciones. El sujeto está definido por el otro, por la otredad, por determinantes externos. El sujeto es, en ese sentido, una escisión de la totalidad (de la unidad)[11]. Autores como Bourdieu señalan que condiciones como la clase social, el nivel formativo de los padres, el ambiente…, generan en los individuos un “habitus”, unos márgenes y unas coordenadas en las que se mueve el comportamiento. Pero el habitus no solo “engendra” al sujeto, el sujeto también engendra con su práctica el habitus (Bourdieu 2001:72). Para Althusser la subjetividad es producto de la interpelación, ¿Qué quiere decir esto?
Sugerimos entonces que la ideología "actúa" o “funciona" de tal modo que "recluta" sujetos entre los individuos, o "transforma" a los individuos en sujetos por medio de esta operación muy precisa que llamamos interpelación, y que se puede representar con la más trivial y corriente interpelación, policial (o no) " ¡Eh, usted, oiga!". Si suponemos que la hipotética escena ocurre en la calle, el individuo interpelado se vuelve. Por este simple giro físico de 180 grados se convierte en sujeto. ¿Por qué? Porque reconoció que la interpelación se dirigía precisamente" a él y que "era precisamente él quien había sido interpelado" (y no otro).[12]
El sujeto “que literalmente significa ‘estar sometido’” (Han 2014:11) se constituye al reconocerse parte de algo que no llega a cuestionarse. Esto es precisamente lo que explicábamos antes cuándo decíamos que “la ideología funciona cuando está ausente”. La transformación de los “individuos” en “sujetos” será para Foucault[13] el centro de sus investigaciones:
En este empeño Foucault estudió como se dividía a los seres humanos en “sujetos de derecho” y “sujetos delincuentes”, así como en “sujetos racionales” y “sujetos patológicos”, es decir, como se subjetivaba a los individuos en función de su utilidad para los poderes, generando polos de inclusión y exclusión[14]. En esta subjetivación el poder, la disciplina y el cuerpo jugaban un papel fundamental. Foucault estudia cómo los cuerpos humanos reproducían un modo de comportamiento, una disposición física, una cadencia[15], etc. articulada por el poder, acuñando el término “biopoder”. Lo fundamental de esta teoría es entender que el sujeto, es decir, la cosmovisión particular de cada individuo, existe siempre por medio de un proceso de subjetivación. El sujeto es sujeto en tanto que existe una estructura que lo instituye. Los medios que hacen que este proceso de subjetivación sea inadvertido son lo que llamamos ideología. Un dispositivo más complejo y sutil que el simple discurso público.
Foucault sirve de inspiración a movimientos que buscarían organizar “micro-resistencias” a cada forma de dominación existente. Pero la forma de entender la subjetividad como sometimiento es previa. El marxismo tradicional reclamaría, inspirado aún por la lógica de la ilustración, la “conciencia de clase” (concepto similar al de “autoconciencia”) contra la ideología dominante. Aspiraban a acabar con la subjetivación ideológica para componer una conciencia objetiva. Este ensalzamiento de la razón y la ciencia frente a la política sería matizado y transformado durante el siglo XX. El concepto de hegemonía de A. Gramsci venía a constatar algo que en la práctica del movimiento ya operaba casi desde sus inicios: que la adhesión a un proyecto político no podía mediarse únicamente por el pensamiento científico (o prescindir de mediaciones como si la lucha de clases fuese un enfrentamiento transparente entre sujetos económicos autoreflexivos), que este necesitaría de propaganda, por tanto, de mitos, símbolos, etc. La hegemonía se refería a la capacidad de un sector social de representar la voluntad general.[16] Señala Zizek en El oscuro objeto del deseo que para Althusser el aspecto ideológico del sujeto es inevitable, negando de esta forma algún tipo de subjetividad no ideologizada:
Se trata no sólo de que hemos de develar el mecanismo estructural que está produciendo el efecto de sujeto como un reconocimiento ideológico falso, sino de que, a la vez, hemos de reconocer este falso reconocimiento como inevitable, es decir, hemos de aceptar un cierto engaño como una condición de nuestra actividad histórica, de asumir un papel como agentes del proceso histórico. Según esta perspectiva, el sujeto como tal se constituye por medio de un reconocimiento falso.
A finales del siglo XX dos autores autodefinidos como “posmarxistas”, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau elaborarían una teoría del sujeto basada en el concepto de hegemonía. Según expresaban en Hegemonía y estrategia socialista, no existe un lazo esencial del hecho político con el modo de vida material de la población. Las vivencias derivadas de ese modo de vida serían “posiciones de sujeto”, de sujeto en tanto que puede traducirse en demandas concretas. Pero estas demandas concretas no son pre-existentes ni pueden denominarse como “intereses”, son posiciones que dependen de un discurso que las articule, generando una subjetividad nueva. El sujeto sería, para estos dos autores, una construcción puramente discursiva[17] que se crea mediante la articulación de demandas, en torno a un proyecto de estado y en contra de un enemigo común.

Recapitulemos

Intentemos recapitular estos dos últimos puntos, para que la marea de ideas cumpla su propósito en vez de apabullar al lector:
El sujeto, cuestión fundamental en el pensamiento teórico, ha sido abordado de muchas formas. Hasta la radical vinculación de Marx entre ideología, política y economía (las últimas dos unidas en el concepto de “lucha de clases”), el sujeto fue estudiado como entidad, en las distintas propuestas ontológicas y epistemológicas. Marx lo estudiará, en un principio como “falsa conciencia” o “espejo invertido” producto de la enajenación del trabajo[18]. Más tarde se estudiará como producto de la subjetivación, es decir de la disciplina y la ideología, enfrentado a la autoconciencia. Este concepto se irá matizando hasta hacerse compatible con la construcción política en positivo (como parte de un proyecto político) de mitos y símbolos y con la psique humana (como inconsciente colectivo inherente al ser humano), para acabar inscribiéndose en la teoría del lenguaje (posestructuralismo) y del discurso (posmarxismo).
En este trabajo no pretendemos quedarnos con una definición u otra, ya que muchas de ellas son contradictorias, ni articular algún tipo de propuesta sintética (lo que bien podría ocupar una tesis entera), sino hacer un pequeño mapa de cómo ha sido trabajado la cuestión del sujeto, que nos ayude a entender que es lo que está en juego cuando hablamos de conceptos que se desarrollarán en el cuerpo del trabajo. Por ejemplo, cuando hablemos de “subjetividad neoliberal” debemos entender que no nos referimos a la forma de pensar de aquellos que se autodenominan “neoliberales”, sino a una disposición estructural – pre-reflexiva y dependiente - que ordena la práctica de todos los individuos en base a un criterio específico de racionalidad y autonomía que determinará la administración de nuevos dispositivos disciplinales.

SUJETO Y DISCIPLINA EN EL CAPITALISMO CONTEOMPORÁNEO

Crisis del sujeto en las sociedades industriales

El capitalismo necesita la ayuda de sus enemigos, de aquellos a quienes indigna y se oponen a él, para encontrar los puntos de apoyo morales que le faltan”[19]
Luc Boltanski
El final de la segunda guerra mundial fue el mito fundacional (y el acontecimiento político) a partir del que se desarrolló un orden político, económico y social distinto al que le precedía. La guerra fría, los estados del bienestar en el centro capitalista y el keynesianismo fueron algunas de sus características. Este modelo entró en decadencia a partir de fines de los años 60, principios de los 70. Las razones son variadas y de distinto orden. Esta crisis de modelo fue también causa y consecuencia de una crisis cultural, de un cuestionamiento de los mitos, principios y valores que lo justificaban.
A la crítica tradicional de las organizaciones obreras, convertidas ya en verdaderas instituciones en occidente (y en estados soberanos en oriente), se le sumó (o se le superpuso) un cansancio, un escepticismo de uno y otro signo que señalaba el agotamiento del proyecto nacido en 1945. Boltanski y Chiapello (2002) definen como crítica artista, aquellos discursos que durante la década de los 60 y 70 reclamaron autonomía y libertad frente al modelo relacional imperante. Vamos a utilizar la emblemática película dirigida por Alan Parker, The Wall[20] (1982) para ilustrar algunas de las características de esta crítica, combinándola con ideas de la sociología de su época.
Este musical, realizado a partir de las canciones de Pink Floyd, combinaba la crítica social con una perspectiva psicológica. En ella, se nos relata la historia de un joven músico llamado Pink que está sufriendo una fuerte crisis personal. A lo largo del film se nos va mostrando momentos del pasado del protagonista, especialmente de su infancia, que explican cómo ha llegado a convertirse en una persona incapaz de relacionarse o enfrentarse a su propia vida.
Una de las primeras escenas de la película, que se suceden como “videoclips”, explica la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial. Lejos de la épica con la que el discurso oficial - escrito por aquella generación que forjó los grandes pactos nacionales de posguerra- trataba los acontecimientos relacionados con ese momento histórico, en The Wall aparece como un trauma, como un recuerdo confuso que se convierte en pieza fundamental de la personalidad patológica del protagonista. La perspectiva parte, pues, de una generación que no vivió ese proceso y que, al cuestionar el orden establecido, cuestiona también el relato oficial de la guerra como fuente incombustible de legitimación.
La escuela aparece como un espacio disciplinario. Para autores como Foucault la sociedad era un circuito cerrado de espacios en los que los individuos aprenden los márgenes y las posibilidades de su comportamiento con a reglo a las normas sociales, incorporan de esta manera las prescripciones que el poder transmite mediante la disciplina. En ella los niños, uniformados, repiten fórmulas matemáticas mientras los profesores aseguran su docilidad a través de comentarios sarcásticos y golpes de regla[21]. El despotismo del profesor simboliza la arbitrariedad y la violencia de la autoridad en las estructuras jerárquicas. Este círculo de dominación bien nos podría recordar a los estudios sobre cárceles y psiquiátricos realizados por Michel Foucault a mediados de los 70. Mientras suena el famoso tema “Another Brick in the Wall” (Otro ladrillo en el muro), el colegio representado se convierte metafóricamente en una fábrica, donde los niños, que se deslizan por cadenas de montaje, son la manufactura de un sistema de adiestramiento civil. En el baile de cadenas y engranajes podemos observar la sombra de lo que parece una hoz y un martillo. La crítica se hace extensible a las repúblicas socialistas. El enemigo soviético, uno de los principales dispositivos ideológicos del capitalismo, se convierte en The Wall en la otra cara de las sociedades industriales de occidente. La visión que nos transmite la película coincide con la de algunos importantes científicos sociales del siglo XX. Marcuse, por ejemplo, veía tanto en occidente, como en el bloque del este, un principio de totalitarismo incrustado en el propio modelo de producción y distribución: el industrialismo y el consumo de masas (Marcuse. 1993:33).
Pink va apilando las agresiones de las instituciones disciplinarias a modo de ladrillos, levantando un muro psíquico que le separa del entorno social. Este “desplazamiento del yo” (en términos freudianos), que va construyendo la personalidad de Pink mediante la represión, llega a suponer una desconexión total de la conciencia de éste hacia su propio ser (la extrañeza del superyó)[22]. De esta forma, instituciones que eran la base del desarrollo de los individuos según autores de finales del siglo XIX y principios del XX como Durkheim, son representados como estructuras que agreden y moldean a los individuos hasta convertirlos en sujetos sin personalidad propia, hasta cortar de raíz la posibilidad de toda libertad.
Las consecuencias de esta agresión son representadas en la película a dos niveles: el individual, donde vemos a un Pink deprimido y apático, y el nivel social, donde vemos el surgimiento de un ficticio movimiento neofascista liderado por el alter-ego de Pink. La insignia de este movimiento es el hammer (martillo), un instrumento de trabajo que simboliza la fortaleza y la agresividad de una mayoría que pretende universalizar sus normas eliminando cualquier otredad o disidencia.
Los hammers son militaristas, totalitarios y su ideología se basa en el odio a las llamadas “minorías”[23]. La identificación de la sociedad industrial con el totalitarismo coincide con la crítica de Bauman a la sociedad moderna. Para Bauman la ‘Solución final’ de Hitler había sido posible gracias al modelo jerárquico y racionalizado del estado moderno, compara así los campos de concentración con fábricas cuya materia prima eran seres humanos y su producto la muerte.[24]
La personalidad de Pink se convierte en patológica, su capacidad de desenvolverse en el mundo social se ve aplastada por la rigidez y la agresividad de las formas en las que el poder es ejercido sobre él. Siendo lo común convertirse en un cuerpo servil al poder, Pink se convierte en un cuerpo inútil, un producto defectuoso.
La crisis de los regímenes políticos, económicos y sociales surgidos tras la Segunda Guerra Mundial en Europa y EEUU se nos presenta, así, como una crisis entre individuo y sociedad, entre sujeto y estructura.
Es importante destacar el carácter progresista, e incluso anticapitalista, de este discurso durante los años 60 que desembocó, por ejemplo, en movilizaciones como las de mayo del 68 en Francia Este episodio contó con dos estallidos de crítica social dirigidos hacia el sistema capitalista: por un lado, el estallido estudiantil y, por otro, el obrero.
Desde la década de los 40 a la de los 60 se vivió en Francia un aumento espectacular de la población estudiantil[25], a la vez que una desvalorización de los títulos universitarios. Mientras en la época anterior a la revuelta, a la universidad solo accedían sectores privilegiados de la sociedad que iban a convertirse en los principales cuadros técnicos y directivos de una producción en clara expansión, ahora la universidad acogía a un número mucho mayor de personas y ya no garantizaba una salida laboral, que además debía de encontrarse con un sistema productivo en el que los puestos de responsabilidad estaban ocupados por cuadros de generaciones anteriores. En estas condiciones y con la influencia artística del surrealismo los estudiantes dirigieron su crítica fundamentalmente al “poder jerarquizado”, al paternalismo y al autoritarismo (Boltanski y Chiapello, 2002:245). Exigían la incorporación de las mujeres y los jóvenes a la vida pública y exigían autonomía, en el sentido de una mayor independencia en el desarrollo de las competencias que hasta ahora habían sido estrictamente controladas por las clases dominantes. En este sentido pedían autonomía para que las universidades pudieran investigar lo que las universidades decidieran, para que los cuadros intelectuales y los trabajadores pudiesen gestionar su propio tiempo y pudiesen participar de la toma real de decisiones de la empresa. Más tarde el neoliberalismo se apropiaría de estas consignas en un sentido muy distinto. Por ejemplo, interpretarían la autonomía universitaria como la capacidad de una universidad de no depender económicamente del estado, teniendo fuentes propias de financiación con las que competir contra otras universidades. Este tipo de autonomía responde a una manera de entender la racionalidad como una competición económica constante. Expondremos detalladamente los ejemplos referidos a la autonomía laboral en los epígrafes referidos a la ideología del trabajo.
Mientras tanto, los obreros, que habían aumentado su organización y su fuerza social desde el fin de la guerra, empezaban a notar las primeras consecuencias del estancamiento económico. El capital, que había crecido a un gran ritmo gracias al desarrollo productivo durante las últimas décadas, ahora crecía cada vez a menor ritmo. La clase social de los empresarios era consciente de que el poder político y social de la fuerza de trabajo era un problema para la posibilidad de recuperar las tasas de crecimiento aumentando las tasas de explotación. La revuelta estudiantil, que se politizó e hizo presente en las calles, movilizó también a los obreros, que sumaron sus demandas y consignas al movimiento. Así, los trabajadores exigían una mayor participación tanto de los beneficios como de los procesos de producción (Boltanski y Chiapello, 2002:246).
Vemos pertinente explicar los procesos de crítica antes mencionados, porque estos dos elementos (autonomía y participación) serán dos de las principales consignas de la ideología capitalista del trabajo. El discurso empresarial sabrá entender las preocupaciones estudiantiles y obreras para generar un contra-discurso a la crítica que sea capaz de incorporarla en su seno y resignificarla. La capacidad del capitalismo de mutar ayudándose de las críticas anticapitalistas es una de sus características fundamentales.

La escuela neoclásica y el homo-económicus

Esta crítica artística que reivindicaba la libertad del sujeto frente a una sociedad demasiado estandarizada, es combinada por un individualismo de otro signo, que ancla su cosmovisión en la ética utilitarista, reformulada por la escuela económica neoclásica.
Pese a la neutralidad de la que parecen hacer gala las teorías que hacen uso de la lógica formal matemática, existe en el pensamiento neoclásico una reflexión implícita sobre la propia esencia del ser humano, sobre la ética y la psicología cuyas derivaciones ideológicas sobrepasan la disciplina económica introduciéndose en otros ámbitos.
La disciplina que estudia los procesos económicos es la Ciencia Económica. Por ejemplo, la facultad en la que se estudian estos procesos en la Universidad Complutense de Madrid es la facultad de “Ciencias Económicas y Empresariales”, el grado especializado en economía se llama “Grado de Economía”. Sin embargo, esta realidad no siempre fue así. Hasta la consolidación de la escuela de la “utilidad marginal”, la disciplina que estudiaba los procesos económicos era conocida como “Economía Política”[26]. Sobre la Economía Política, el Manual de Historia del pensamiento económico que hemos utilizado dice lo siguiente:
La “era de la economía política”, iniciada en 1500, empezó a suplantar a la “era de la filosofía moral”. La atención a la economía política organizó con más coherencia el pensamiento económico, y convirtió los fragmentos de ideas económicas en teorías sistemáticas.[27]
Algunos de los autores que este manual cita como referentes de la “Economía Política” son Adam Smith y David Ricardo. Hoy en día, la metáfora de la “mano invisible del mercado, enunciada por Adam Smith La riqueza de las naciones se ha utilizado para justificar las políticas neoliberales[28]. ¿Pero qué diferencia a Adam Smith o David Ricardo de Bentham, Stuart Mill, Hayek o Milton Friedman?
La diferencia entre la escuela clásica y la escuela neoclásica se encuentra en las teorías del valor. Según se nos explica en los manuales canónicos de economía, la “utilidad” es el descubrimiento científico que resuelve el “enigma del valor” que la escuela clásica no pudo descifrar.
Smith no resolvió la paradoja del valor. Eso tuvo que esperar hasta los economistas posteriores, para quienes fue clara la distinción entre la utilidad total de un bien y su utilidad marginal. Smith dirigió su atención al valor de intercambio, el poder que proporciona la posición de un bien para comprar otros bienes, su precio “natural”[29]
Siendo la diferencia entre estas dos escuelas la teoría sobre como determinan el “valor” de una mercancía, aún queda por explicar que es lo que hace que una teoría sea “política” mientras que la otra sea “simplemente económica”. ¿Radica en la teoría del valor este hecho? En cierta medida sí, ya que la teoría de la utilidad marginal depende de la capacidad de proyectar matemáticamente las decisiones de los individuos para determinar los valores de la oferta y la demanda. ¿Y en base a qué criterio se proyectan estas decisiones? La escuela neoclásica responde a esto con una ley sobre el comportamiento humano expresable a través de una fórmula matemática: entre dos productos igualmente útiles los individuos elegirán siempre aquel que sea más barato. Para ello el sujeto deberá calcular los beneficios y los costes que cada posible acción suponga. A este comportamiento se le denominó “comportamiento racional” (Brue y más, 2009:280). El uso de esta ley sobre la racionalidad humana, de ser cierto, supondría el descubrimiento de “la esencia íntima” de la decisión humana. Así lo expresaba Fernández Liria en El orden del capital:
De ahí precisamente que los manuales puedan llamarse “Economía” sin tener que conformarse, como en cambio sí hizo Marx, con el título mucho más modesto de “El Capital”. Marx se propone “sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna”. La economía pretende, por el contrario, haber dado con la ley económica que rige el movimiento de la historia”.[30]
Efectivamente, según autores como Milton Friedman el mercado debe llevarse a todos los ámbitos de la vida, pues es el mercado es la mayor de las democracias:
Para un liberal (…) el ideal es que entre los individuos responsables haya unanimidad, conseguida a base de discusión libre y exhaustiva. Desde este punto de vista, el mercado (…) permite la unanimidad sin conformidad; es, entonces, un sistema de representación proporcional efectivo. (…) Cuanto más amplio sea el número de actividades cubiertas por el mercado, menor será el número de cuestiones en las que se requieren decisiones expresamente políticas y, por tanto, en las que es necesario alcanzar un acuerdo.[31]
La teoría neoclásica resignifica uno de los términos centrales de la ilustración: la racionalidad. La razón, definida con muchísima complejidad de distintas maneras por los autores clásicos de la filosofía, está relacionada con la capacidad humana de llegar a comprender aquello que hace que las cosas (o determinadas cosas) sean como son. La capacidad humana de comprender y representar el Teorema de Pitágoras es una muestra de la facultad humana de la racionalidad. El otro factor estudiado desde esta perspectiva es la (auto)reflexividad, es decir la capacidad humana de “auto-conocerse”, y hacer esfuerzos por cambiar de sí, o de sus efectos en el medio, aquello que mediante la razón se conoce de sí mismo.[32] En este sentido “la razón” es lo que permite librarnos de las determinaciones, es lo que permite la libertad. Para los neoclásicos, por otro lado, este término lo que designa es la determinación inherente de todos los individuos a verse motivados de forma sistemática por el cálculo egoísta de costes y beneficios, la “libertad” producto de esta “racionalidad” es el libre albedrío, la capacidad de tomar decisiones y asumir riesgos. Al sujeto de este “egoísmo universal” es a lo que denominamos “Homo-economicus”.
El neoliberalismo hace hincapié en la singularidad de los individuos, que a través del riesgo (asumir costes de oportunidad) compiten entre sí mejorándose los unos a los otros. Esta visión asume también una óptica darwinista social, en el que el mercado funciona como la naturaleza, seleccionando a los individuos y las empresas que han sido capaces de tomar las decisiones correctas para la consecución de sus objetivos y dejando atrás a los elementos débiles de la sociedad.
Para el pensamiento neoliberal el modelo de interpretación de la sociedad como un equilibrio (o un conflicto) entre grupos sociales definidos por su profesión era obsoleto. Ahora la sociedad no se puede desagregar más que en individuos (Boltanski y Chiapello 2002:405). Lo que se estaba produciendo era un triple cambio: 1) la clase trabajadora tradicional había aumentado sensiblemente su nivel de vida, pasando a catalogarse ahora dentro de la “clase media 2) La mayoría del trabajo se estaba desregulando y precarizando. Generándose una diferenciación entre excluidos e incluidos en el sistema de bienestar 3) los marcos de identificación y subjetivación se complejizan. Mientras la profesión pierde capacidad de generar identidades, el consumo, ampliamente diversificado, empieza a ser una fuente de diferenciación (y por tanto de constitución de identidades). La reacción de una gran parte de la ciencia social fue diagnosticar una crisis de las categorías colectivas y la necesidad de un regreso a lo individual:
El nivel salarial, el capital cultural y la categoría socio-profesional ya no encajan tan claramente como en el pasado, lo que hace mucho menos legible la sociedad actual (…) Ya no se trata de describir identidades colectivas, sino trayectorias individuales (…). Cuando el rendimiento cognitivo de la gran maquinaria estadística decrece, es el momento de volver a un nuevo uso de la monografía que permita aprehender de manera sensible lo que podríamos denominar como el grano de lo social.[33]
Parece claro que existe, a partir de los años 70, un giro hacia lo individual que transforma la concepción de una cohesión basada en equilibrios (correlaciones) de grandes grupos sociales, por otra forma de cohesión basada en la competencia individual y la regulación social del mercado.

La sociedad del rendimiento y la auto-explotación

Este individualismo del homo-economicus necesariamente se rebela ante el sometimiento a lo colectivo y va generando nuevas formas de disciplina que son compatibles con la exaltación del individualismo.
La “disciplina” y la jerarquía fueron dos valores del capitalismo de postguerra que se convirtieron en eslabones débiles a partir de 1968. Aunque, como veremos, estos principios han sido capaces de generar identidad y adhesión durante décadas. Sin embargo, las siguientes generaciones vivieron estos valores de otra forma, criticando sus aspectos autoritarios.
Las organizaciones conservadoras vinculadas a las clases dominantes como las patronales o los partidos tradicionales defendieron las reformas neoliberales en nombre del “progreso” y la “modernización”, dos significantes que habían pertenecido históricamente a la izquierda. En el debate entre la jerarquía y la flexibilidad, entre la rigidez y la fluidez, entre lo nacional y lo internacional fue abordado por los defensores del capitalismo de mercado auto-representándose como los portadores de un futuro más libre y menos rígido. Pero hay algo más en la ideología neoliberal que la simple reapropiación de los significantes críticos.
Las estrategias obtención de beneficios son o la inversión en tecnologías o el abaratamiento de los costes de producción[34]. El estancamiento de la producción en los años setenta exigía un dispositivo ideológico que permitiera un abaratamiento radical de los costes mediante la caída de los salarios de los trabajadores. Según el filósofo coreano Byung Chul-Han:
El cambio de paradigma de una sociedad disciplinaria a una sociedad de rendimiento denota una continuidad en un nivel determinado. Según parece, al inconsciente social le es inherente el afán de maximizar la producción. A partir de cierto punto de productividad, la técnica disciplinaria, es decir, el esquema negativo de la prohibición, alcanza de pronto su límite. Con el fin de aumentar la productividad se sustituye el paradigma disciplinario por el del rendimiento.[35]
Lo que nos señala aquí el autor es la necesidad de un cambio de paradigma en los valores vinculados al trabajo y la producción. El “inconsciente social” (hemos visto las connotaciones que tiene este término en la ciencia social) hace suya la preocupación por maximizar la producción, por asegurar el crecimiento del capital. El relato que subyace es el siguiente: para que a los trabajadores les “vaya bien”, y para que el estado pueda invertir en servicios públicos es necesario que “la economía vaya bien”. Este “ir bien” de la economía no significa otra cosa que el círculo de valorización constante del capital, el aumento ilimitado e ininterrumpido de los beneficios. ¿Por qué es necesario un cambio de paradigma para garantizar este crecimiento de los beneficios? Porque “la negatividad de la prohibición tiene un efecto bloqueante e impide un crecimiento ulterior” “El poder eleva el nivel de productividad producido por la técnica disciplinaria, esto es, por el imperativo del deber” (Han, 2012:28). Lo que señala aquí Chul Han son las limitaciones del modelo disciplinario para obtener el máximo beneficio de la mano de obra. La alternativa a la que el neoliberalismo nos conduce es mucho más eficiente para el capital.
“La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria. Tampoco sus habitantes se llaman ya ‘sujetos de obediencia’ sino ‘sujetos de rendimiento’. Estos sujetos son emprendedores de sí mismos.”[36]
La sociedad del rendimiento responde una lógica parecida a la que estudiamos en el punto de “homo-economicus”, concibe al individuo como una empresa[37].
El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad.
La motivación, elemento fundamental para el funcionamiento de cualquier sistema económico según Boltanski y Chiapello, empuja a los individuos a buscar nuevas formas de auto-explotarse. El famoso “trabajar más por menos” que pedía Mariano Rajoy en 2011[38]. Esta mentalidad autoexigente, que “dirige la agresividad hacia sí misma” ha sido señalada como causante de enfermedades mentales como la depresión. “A la sociedad disciplinaria todavía le rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados” (Han, 2012:27). Esta circunstancia obliga a la ideología neoliberal a buscar justificaciones y complementos ideológicos. El dispositivo cultural que busca compensar la constante frustración de la auto exigencia es conocido como el “pensamiento positivo”.
El pensamiento positivo es una perspectiva ética promovida desde el coaching[39] y los libros de autoayuda. Lo que esta actitud vital defiende son dos elementos: La completa responsabilidad del sujeto sobre los acontecimientos de su vida, y una conexión entre la actitud y el destino. Barbara Ehrenreich, en su libro Sonríe o muere: La trampa del pensamiento positivo explica de dónde proviene y como funciona este dispositivo. Su especificidad radica en el sentido “espiritualista” y “metafísico” que toma. Según el pensamiento positivo el optimismo y la voluntad pueden ser determinantes para conseguir objetivos tales como superar el cáncer, conseguir trabajo o prosperar en los negocios. Alrededor de esta idea se ha generado un millonario sector cultural, cuyas estrellas son los “gurús”.[40]
Chul Han compara el pensamiento positivo con el ascetismo protestante que Weber había señalado como principio básico del espíritu del capitalismo: “El trabajo sin fin en el propio yo se asemeja a la introspección y al examen protestantes que representa a su vez una técnica de subjetivación y dominación. En lugar de buscar pecados se buscan pensamientos negativos”[41].

Utopía digital

“El determinismo tecnológico, en especial el marxista, tiene mala prensa. Al menos si la tecnología es grasienta, humeante, pesada y, en general, analógica. (…) Hoy el determinismo tecnológico ha renacido con una fuerza brutal pero restringido a las tecnologías de la información y la comunicación”[42].
La tecnología de la información es un puto nodal de la ideología del nuevo capitalismo, se imbrica fácilmente con los valores del individualismo (homo-economicus), la libertad y el mercado. El capitalismo neoliberal ha guardado para los países desarrollados un futuro liberado del trabajo manual en la fábrica. En este futuro, el papel de la producción, del valor añadido, ahora recae sobre el sector de la información. La producción analógica de manufacturas es, desde esta visión evolutivista, una tarea de los países en vías de desarrollo, que aún no se han unido al tren del futuro.
En el sector de la información se basan las grandes esperanzas de la clase dirigente neoliberal. Su forma de organización, su relación con el mercado, la libertad y autonomía que permiten, lo convierten en el catalizador de los deseos de la revolución neoliberal. Por eso se anuncia a los cuatro vientos: vivimos en la era de la información, en la sociedad del conocimiento, en la economía de la comunicación, en el mundo digital.
Karl Polanyi explicó en La gran transformación la deriva de las sociedades modernas hacia un “sistema mercantil”, y la desprotección social que eso conllevaba. ¿Tiene sentido dejar en manos de la arbitrariedad del mercado la asignación de recursos en todas las facetas de la vida humana? César Rendueles señala lo siguiente:
A lo largo de la historia la mayor parte de las comunidades han utilizado alguna forma de comercio para intercambiar bienes y servicios. Pero esos mercados tradicionales siempre fueron instituciones marginales o, al menos, muy limitadas. (…) Las sociedades pre-capitalistas consideraron que era una locura condicionar su supervivencia material a la incertidumbre de la competencia.[43]
Conocemos ya la lógica que explica esto, para los neoclásicos el mercado es un sistema mejor incluso que el de los parlamentos, porque representa todos los intereses, por pequeños que sean, y los reconcilia sin necesidad de llegar acuerdos. Internet es el lugar que mejor se adapta a esta concepción utópica del mercado. En internet todos los usuarios pueden mostrar sus preferencias. De hecho, lo hacen de forma sistemática, sin necesidad de ser preguntados. No requieren de una interpeleación como la que señalaba Althusser “hoy nos ponemos al desnudo sin ningún tipo de coacción ni prescripción. Subimos a la red todo tipo de datos e informaciones sin saber quién, ni qué, ni cuando, ni en qué lugar se sabe de nosotros” (Han 2014:25). Esto permite al poder una nueva forma de control, el “panóptico digital”, en el que la vigilancia ya no es un esfuerzo de las instituciones de dominación, sino que es ejercido por cada individuo de forma voluntaria.
El sector de la información es, además, un sector de creatividad. Esto es muy importante para una ideología basada en el emprendimiento y los proyectos. Los programadores son en, muchos casos, autosuficientes en su producción, siendo el motor de su producción la originalidad. El mercado unido a las ciencias de la información permite la mejor articulación entre libertad, autonomía, realización en el trabajo y distribución.
El espíritu del nuevo capitalismo ha visto en las nuevas tecnologías un soporte técnico para la mediación social del mercado, un sustituto para el sector productivo tradicional, un espacio para la realización personal a través del trabajo creativo y emprendedor y una forma de organización en red que permite la flexibilidad y la libertad. Por eso apuesta por este sector como la piedra angular del progreso social y económico.

TRANSFORMACIONES DE LA IDEOLOGÍA DEL TRABAJO

Precedentes: el trabajo rutinario

El trabajo tiene una doble condición en lo que respeta a lo humano. Es una técnica, un proceso específico que produce bienes materiales e intelectuales, y al mismo tiempo es una forma de expresión[44]. Esta manifestación ha sido considerada, además, la huella que cada civilización, o el género humano entero, deja sobre la tierra.
Para los pensadores que vivieron la revolución industrial el problema del trabajo no giraba únicamente en torno al salario y la propiedad, el problema era, también, sobre en qué condiciones es esta actividad redentora (permite la realización personal) y en cuales es alienante (deshumaniza al individuo).
Durante el feudalismo la casa y el trabajo no habían sido aún separados. Por el contrario, las casas eran el núcleo de toda producción. El antropólogo Daniel Defert llamaría a este sistema “economía del domus[45]. La producción de mercancías durante el feudalismo se realizaba a través de una producción “artesanal”, dependía de gremios profesionales en los que el conocimiento sobre el proceso de producción se transmitía de los oficiales a los aprendices. Los artesanos y comerciantes producían sus manufacturas con plantillas pequeñas, el dinero efectivo era solo una pequeña fracción del salario de los trabajadores, la mayor parte del pago era la propia manutención (techo, cama, comida). El oficio era integral, cada artesano conocía el proceso de producción de su mercancía de principio a fin. La gran industria modificó todos estos patrones. El trabajo se separó en el espacio del hogar, la técnica se apoderó del proceso de producción, estableciéndose la especialización y la división del trabajo. Richard Sennett señala en su ensayo La corrosión del carácter que estos cambios fueron interpretados de distinta forma durante los inicios de la revolución industrial.
Para Diderot, autor de La Enciclopedia (1751), en las fábricas industriales se podía ver un síntoma de progreso, no solo a nivel tecnológico y económico, sino también humano. El orden, la participación equivalente de cada trabajador en el proceso de producción, el objetivo colectivo de la fábrica, eran para Diderot condiciones que propiciaban un sentimiento de igualdad y fraternidad entre los trabajadores. Para él, la repetición rutinaria de una actividad sencilla no rebajaba la integridad del obrero, por el contrario, veía en la repetición una posibilidad de perfeccionamiento de la técnica.
Para Emile Durkheim (1995) el distanciamiento entre unas actividades y otras no provocaba un desapego, el hecho de que un obrero no conozca el trabajo que hacen el resto de obreros, o cómo funciona el diseño del producto en el que él trabaja debe provocar una “solidaridad orgánica”. La especialización del trabajo requiere una fuerte interdependencia entre los “especialistas”[46]. Esta interdependencia en una sociedad – o en un ámbito de la sociedad – con objetivos comunes debe ser la base de la cohesión social. Henry Ford promovió una administración científica del proceso productivo. La división y especialización del trabajo en cadena fue un modelo que se hizo hegemónico a finales del siglo XIX. Esto supuso la ruptura total entre el trabajo manual y el trabajo intelectual. Incluso a nivel espacial, la administración y dirección y diseño de los productos se trasladó a núcleos alejados de las fábricas. Esto para Marx era una consecuencia del capitalismo y no del avance científico, siguiendo su razonamiento la tecnología debía ser una herramienta que sirviese para reducir la jornada laboral, dando lugar a tiempo libre para el ocio, la cultura y la vida familiar.
Adam Smith, uno de los padres de la economía política clásica, escribió en La riqueza de las naciones su preocupación por la rutina monótona del trabajo especializado en la producción industrial. Esta actividad cuya técnica consistía en la mera repetición, y que no requería ningún tipo de saber más que el de la propia disciplina, representaba para Smith el peligro de mantener a los trabajadores en un estado mental tan plano como el propio proceso de trabajo:
En el curso de la división del trabajo, la función de la mayor parte de aquellos que viven de su trabajo termina reducida a unas pocas operaciones muy sencillas; por lo general, una o dos. (…) El hombre que se pasa toda la vida dedicado a pocas operaciones (…) suele volverse todo lo estúpido e ignorante que puede volverse un ser humano.[47]
El problema, finalmente, no es entre monotonía y trabajo creativo, pues ambos elementos son inherentes a cualquier actividad laboral. La cuestión es, ¿Qué organización del trabajo y qué modelo productivo es capaz de permitir la mayor cantidad de “realización personal” posible para cada actividad?  

Breve recorrido histórico de la literatura managerial

La literatura sobre “gestión de empresas” ha existido desde comienzos del capitalismo vinculado a la necesidad de establecer pautas que ayuden a posibles empresarios a administrar bien su proyecto empresarial. La racionalización y la voluntad de adaptar la empresa a los avances científicos y tecnológicos fue lo que llevó a Taylor y Ford a escribir un gran número de textos centrados sobre todo en las empresas de tipo industrial. La influencia de Estados Unidos en la debilitada Europa occidental tras la segunda guerra mundial provocó un proceso de “americanización” de Europa, basado en una fuerte “conciencia de mercado” que favoreció el surgimiento de una nueva clase “gerencial”, no propietaria, cuya especialidad era la administración de empresas en tanto que “sistemas políticos de gestión de la racionalidad técnica y económica” (Fernández 2007:22). Se produce una transformación desde el burgués patrimonial y autoritario de las fábricas de finales del XIX y principios del XX, al manager como “líder” que gestiona grupos humanos y que, en vista de una mejora de la producción, busca cierta armonía en el centro de trabajo, una mayor participación de los trabajadores y un énfasis en las relaciones humanas y la psicología. El paso de un hard management a un soft management (Bourdieu, 1998:312)[48]. Una gran influencia para este proceso fue la Escuela de Recursos Humanos de Elton Mayo. El gigantesco crecimiento de la producción y los beneficios de este modo de producción permitió concesiones a la clase obrera en cuanto a salario y derechos laborales. Los cuadros medios toman un papel muy relevante durante esta época: “el problema residía en cómo poner al servicio del capitalismo a los mejores retoños de la burguesía” (Boltanski y Chiapello 2002:104).
El modelo de la gran corporación fordista entró en crisis en el mundo occidental a finales de los sesenta. A la gran industria occidental, gigantizada y burocratizada, le surgió un competidor internacional: los llamados “Tigres Asiáticos”. Se produce un momento de inestabilidad en el capitalismo occidental[49]. Esta sensación de inestabilidad es el momento perfecto para el cambio de paradigma empresarial hacia el modelo que conocemos hoy en día:
Sólo una crisis – real o percibida – da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable[50]
La literatura managerial buscó respuestas en otras culturas organizativas: sobre todo, la de Japón. Destacan autores como Deming y Juran, creadores del sistema de “calidad total” o Taiichi Ohno y su modelo “just in time” (Fernández 2007:28). La idea principal de este modelo es apostar por pequeños núcleos de producción, con una relación más frágil entre el resto de sectores, ajustar la producción de forma radical a la demanda, eliminando la planificación y los stocks, y desregular los derechos de los trabajadores, generando una plantilla “flexible”. Estos fueron los primeros visos de lo que será la futura literatura managerial, pero no es lo más difundido de la época. Durante los años setenta las publicaciones sobre gestión de empresas toman un tono pesimista, centrado en criticar la burocratización y ensalzar la figura del emprendedor.
La tercerización de la economía pos-fordista se va haciendo un hecho por el propio desarrollo de los mercados, lo que revierte en la desregularización y la precarización de las condiciones de trabajo. Es el momento del triunfo de Reagan, Thatcher y Pinochet, los primeros gobernantes occidentales estrictamente neoliberales. El pacto social y el industrialismo es duramente confrontado con reformas laborales, reconversión industrial y privatización de servicios públicos. Es el momento también de la “globalización” acrecentada por la tecnología informática y la expansión de los mercados mundiales. Se acuña el término “sociedad del conocimiento”.
La literatura managerial vive un gran auge y una diversidad de paradigmas. Hacia los años noventa se estabiliza un tipo de management centrado en el “coaching” (Fernández 2007:34), el entrenamiento a cuadros medios, emprendedores y trabajadores en la búsqueda del éxito. Destacan gurús manageriales como Tom Peters o Peter Drucker. Los ejes temáticos durante esta época, que dura hasta nuestros días son: 1) la metáfora de la red 2) la competencia: el marketing y las estrategias de venta toman especial relevancia 3) el misticismo: se incorporan elementos filosóficos y religiosos provenientes de oriente y del utilitarismo que buscan una concepción integral del sujeto, la acción, el azar y el destino.

Empowerment y autonomía

La gestión empresarial debe hacerse cargo de la “necesidad de autonomía” para que los cuadros medios estén más motivados y sean más productivos. La respuesta neoliberal[51] es la concepción de cada cuadro como un empresario de sí mismo:
Ningún dirigente trabaja probablemente con tanto empeño y de manera tan eficaz como aquel que dirige su propio negocio. Demuestra entusiasmo y determinación (…) Lo importante es el resultado, no el esfuerzo. El problema para la gran empresa consiste, por lo tanto, en crear las condiciones de trabajo en las cuales el cuadro sea, en la medida de lo posible, su propio patrón. Las mejores empresas lo logran situando a cada cuadro en una situación en la que éste sea plenamente responsable de sus actos y de sus resultados.[52]
Esta “mayor libertad” para los cuadros medios se considera un avance con respecto a los modelos jerárquicos y disciplinales del pasado. El cuadro medio vive una situación de “Empowerment” (empoderamiento), ha ganado peso en el proceso de producción. La relación entre jerarquías se modifica. El cuadro que cumple objetivos ya no ejecuta órdenes, la autoridad no es ejercida sobre cada una de sus decisiones, sino sobre el resultado global de su trabajo. La legitimidad de cada cuadro medio está siempre en cuestión. No están contratados por “sus capacidades” sino por “sus resultados”. El trabajo por objetivos instituye un estado psicológico de alerta constante, una concentración permanente. Esta entrega ayuda a aumentar la producción, incluso sin reducirse los salarios, pues la disposición psicológica y el compromiso con los objetivos de la empresa hace que el cuadro trabaje “más” por la misma nómina. Los problemas en la producción o en los productos ya no son problemas para la empresa, situaciones que la empresa debe diagnosticar y modificar. Ahora esos problemas afectan al cuadro medio, a la posibilidad de cumplir sus objetivos. Esta dinámica no solo es aplicada a los “cuadros medios”, a los “últimos eslabones de la dirección de la empresa” o sus “enlaces con la plantilla”, se aplica también a los propios trabajadores.
El empowerment de los trabajadores se presenta como una cultura organizativa basada en la implicación actitudinal de los trabajadores. El profesor Arturo Lahera Sánchez realizó un estudio sobre la aplicación de estas medidas en fábricas de máquinas herramientas en el país vasco durante los primeros años del siglo XXI. El discurso con el que se implementó este modelo de gestión de los recursos humanos fue el de la “calidad” y la “participación”.
El gigantismo, la burocratización y el blindaje de los derechos laborales ha convertido el proceso de trabajo, según la ideología de gestión, en algo demasiado rígido. Las consecuencias de esto son dos: 1) el acomodamiento en procesos de producción que no se renuevan ni adaptan a la “realidad cambiante” y 2) unas estructuras que permiten que haya trabajadores poco implicados que no cumplan con las exigencias del trabajo.
En este sentido la “calidad total” es entendida como la acumulación del trabajo individual de cada miembro de la empresa. Se concibe como una situación injusta para sus compañeros cuándo un trabajador no cumple con sus funciones:
La responsabilidad de hacer las cosas bien hechas por uno mismo y por respeto a los otros compañeros; si cada persona hace sus tareas y trabajos con Calidad, no carga a otros compañeros con trabajo extra; no es justo asumir y responsabilizarse del trabajo mal hecho por otros; la Calidad Total es un compromiso de todos y también un derecho a ejercer las funciones propias de su cargo, dedicando energía a la superación personal en lugar de dedicar tiempo a la triste y desmotivante tarea de repetir las cosas mal hechas;[53]
El trabajador tiene que tener capacidad para mejorar el proceso, corregir errores, incorporar cambios y responsabilizarse de los resultados. En este sistema el trabajador encuentra motivación en sentirse parte importante del proceso en constante cambio. Se cambia así del modelo taylorista del “one best way” o procedimiento óptimo, a un modelo de “producción ligera”, en el que los procedimientos se están reinventando sistemáticamente (Lahera Sánchez 2004:69). Las consecuencias de este cambio no solo se cristalizan en el producto, la propia estructura de la empresa cambia, redefiniéndose las relaciones entre fuerza y capital. Los trabajadores, ahora auto-responsables de su trabajo se comportan “como si fueran propietarios de la empresa”. Esto supone una cultura empresarial nueva, en el que no se aceptan los antagonismos, hasta ahora reinantes en la “cultura empresarial débil” de las décadas anteriores. La Calidad no es solo un criterio de eficiencia, es principalmente una exigencia de compromiso, un requerimiento actitudinal. Hasta tal punto que “la actitud” se convierte en una cualidad diferencial, para promocionar o incluso para adquirir un trabajo.
Hoy en día, un discurso que amenaza con ser dominante en poco tiempo, presenta la implicación, el involvement, como un rasgo necesario de la cualificación de los trabajadores (…) Un rasgo organizativo y actitudinal se eleva a categoría funcional: así, trabajadores cualificados serán aquellos confiados, implicados o integrados en los valores empresariales.[54]
Se despolitiza la relación entre empresa y trabajadores, los conflictos sindicales o económicos se hacen impensables, interpretados como una falta de compromiso con la empresa, con una irresponsablidad. La disciplina funciona aquí de varias formas, mediante la auto-explotación del sujeto de rendimiento, y como sanción sobre el compromiso, la actitud y la cultura “de empresa” de los trabajadores.
La disciplina, característica del Taylorismo no es paliada por la ingeniería managerial, sino intensificada. Algo similar ocurre con la burocracia y la libertad. El empowerment, al prescindir de la supervisión requiere una mayor estandarización del trabajo. La autonomía acaba motivando una mayor burocratización de los procedimientos. Así, la actividad de cada trabajador y cuadro medio es debidamente estipulada y difundida en “documentos” que pautan cada paso de la producción. Para que los trabajadores y cuadros medios puedan “hacer efectivo” su poder de decisión sobre el proceso deben informar a sus superiores. Una vez estos den el visto bueno se incorporan las modificaciones al documento.
La implantación de la calidad total origina una reactualización de la estricta división entre concepción y ejecución taylorista, puesto que son la gerencia y la ingeniería de producción las que definen detalladamente, por escrito y documentalmente, las tareas los procedimientos que deben seguir obligatoriamente los trabajadores para conseguir los criterios de calidad, también construidos y establecidos “monopólicamente” por la gerencia.[55]
La autonomía se muestra así, no tanto como una libertad del trabajador y cuadro medio para decidir sobre el proceso de trabajo, sino como una rearticulación de la responsabilidad y la disciplina, en la que las exigencias se individualizan y cada trabajador debe responder ante la empresa por su “participación en la Calidad Total”. La participación del trabajador es, con respecto a la concepción previa, fundamentalmente una participación en los valores de la empresa. Así mismo, más que un cambio radical frente al modelo taylorista lo que vemos es una radicalización de sus objetivos, sumado a la implementación de dispositivos disciplinales y a la exigencia de una “vinculación moral” del trabajador con la empresa.

Flexibilidad y organización en red

Richard Sennett señala una paradoja en la acepción que ha tomado la palabra “flexibilidad” desde los años noventa, que demuestra un proceso de significación del término que ha acabado por transformar completamente su significado anterior:
La palabra flexibilidad entró en el idioma inglés en el siglo XV; su sentido original derivaba de la simple observación que permitía constatar que, aunque el viento podía doblar un árbol, sus ramas volvían a la posición original. Flexibilidad designa la capacidad del árbol para ceder y recuperarse, la puesta a prueba y la restauración de su forma. (…) Hoy la sociedad busca vías para acabar con los males de la rutina creando instituciones más flexibles. No obstante, las prácticas de la flexibilidad se centran principalmente en las fuerzas que doblegan a la gente[56].
¿De dónde sale esta exigencia de flexibilidad? Desde los ochenta se va a haciendo hegemónico el modelo “toyotista” de producción. Uno de los pilares de este sistema es la adaptación de la producción a la demanda. El fordismo producía un número regular de mercancías al año, generándose de esta manera “stocks”. El toyotismo pretende establecer formas organizacionales menos rígidas (que expondremos en el siguiente punto), a la vez que evitar el “stock” (la sobreproducción), para ahorrar costes. La racionalidad científica vinculada a la productividad pierde su lugar dentro de la empresa en favor de la lógica del mercado. La función de la empresa no es “ofrecer algo” al mercado, sino a adaptarse a las demandas de ese mercado. A los argumentos basados en la libertad se le suman otros nuevos. Uno de ellos consiste en “propugnar que la empresa se encuentra al servicio de los consumidores (siempre ha sido más legítimo decir que la empresa sirve a sus clientes que afirmar que enriquece a sus propietarios)” (Boltanski y Chiapello 2002:142). De aquí pasamos a uno de los elementos más importantes de la ideología de mercado, “el miedo” y la necesidad de “sobrevivir” como motores de cambio:
La cuestión del progreso económico, tercera justificación clásica, está, por el contrario, menos presente, sin duda debido a que la mayoría de los autores de gestión empresarial de nuestros días no pueden evitar sentirse molestos al invocarla con firmeza en un contexto de crecimiento del paro. Por este motivo, esta última se reorienta hacia el argumento de la supervivencia en una situación de competencia exacerbada (las transformaciones propuestas son justificadas por la necesidad).[57]
Sennett identifica esto con la “inestabilidad de la demanda”, una inestabilidad que requeriría de una especialización flexible de la producción. Es decir, adecuar la producción a los rápidos “cambios de la demanda”. Esta alza de la flexibilidad, como cualidad, encierra dificultades para el discurso empresarial. La estabilidad, aunque criticada por autoritaria, permite la “seguridad”. Una vez descubierta la falta de libertad en la estabilidad fordista se enfrentan dos argumentos incompletos. Libertad versus seguridad[58]. El reto para el neoliberalismo será vincular el significante “flexibilidad” no sólo con la libertad, sino también con la seguridad. Esa es la razón del término flexicurity (flexiseguridad). El concepto fundamental para realizar este puente ideológico es el de empleabilidad[59]. Tal y como explican Boltanski y Chiapello, el modelo que permite evitar la rigidez es aquel que no se hace eterno, sino que es cambiante, por eso el mundo productivo debe moverse en proyectos. “Las personas de valor son (…) aquellas que se muestran abiertas y flexibles cuando se trata de cambiar de proyecto” (Boltanski y Chiapello 2002:142). Esta destreza acumulativa en la flexibilidad, denominada “empleabilidad”, es el equivalente a neoliberal a la profesión. La empleabilidad de un individuo es algo más que “experiencia” o “cualificación”, es un “activo”, un “capital” con el que cuenta el trabajador y que se va forjando en el desempeño que este realice en los distintos proyectos en los que ha participado. El concepto de empleabilidad es, también, una crítica a la idea de desempleo como un producto de la economía, para la ideología de mercado la responsabilidad del desempleo está en la acción de cada individuo.
La flexibilidad es presentada, además, como una necesidad que, de ser censurada por el estado, genera desempleo. El potencial despido es la condición de posibilidad de la contratación. Para Richard Sennett, esta nueva modalidad de vida, flexible y cambiante, tiene efectos nocivos sobre la psique de los trabajadores. Mientras que las generaciones anteriores pudieron extraer lecciones de su experiencia vital, generarse una identidad vinculada a su profesión y elaborar discursos moralizantes para su descendencia; las generaciones socializadas en el neoliberalismo viven con el complejo de una identidad fragmentada, inconsistente. Son víctimas de la corrosión del carácter. No tienen la posibilidad de generar una identidad en base a su profesión, que es cambiante.
Los efectos de estos fenómenos sobre la estructura de las empresas son determinantes. Todo su sistema organizativo ha cambiado. También han cambiado sus representaciones simbólicas, las metáforas y los discursos que la explican desde el punto de vista organizacional. Tom Peters en Reinventando la excelencia (1992) busca ir más allá de la idea de excelencia y flexibilidad para redibujar el sistema organizativo que debe regir las empresas modernas. Señala el “absurdo” en el que caen empresas, que el mismo considera punteras, como Motorola, al seguir publicando organigramas con las distintas responsabilidades de la dirección de la empresa. ¿Puede, acaso, simplificarse en un organigrama el complejo entramado que dirige esta empresa?
Tom Peters defiende tres conceptos (Fernández 2007:228): 1) La organización horizontal, frente a la vertical: en la que las relaciones entre los distintos sectores de la empresa no son a través de enlaces jerárquicos, sino que son tan inmediatas como sea necesario. 2) Percepción del cliente frente a organización funcional: es decir, se adapta la organización a las demandas “exógenas” del mercado, y no a necesidades “endógenas” de la racionalidad productiva. 3) La tela de araña frente a la pirámide. Boltanski y Chiapello expresan esto de la siguiente manera:
El término red es (…) el más frecuentemente utilizado para interconectar elementos muy dispares entre sí, no sólo en la literatura de gestión empresarial, sino también, por ejemplo, en microeconomía y en sociología. [Siendo un claro ejemplo de esto los textos de Manuel Castells]. (…) La recuperación del término red se ha determinado gracias a una coyuntura particular caracterizada, principalmente, por el desarrollo de las redes informáticas que han abierto posibilidades de trabajo y colaboración a distancia, pero a tiempo real, y por la búsqueda en el seno de las ciencias sociales de conceptos para identificar estructuras escasamente (…) jerárquicas, flexibles y no limitadas por fronteras establecidas a priori.[60]
Es común en la literatura managerial la utilización de términos de las ciencias sociales. Así ocurrió con anterioridad con términos como “estructura, tecnoestructura, energía, entropía, evolución, dinámica y crecimiento exponencial” (Boltanski y Chiapello 2002:155). La realidad que pretende describir, y a su vez generar, la ideología empresarial, es la de una empresa en la que no existen departamentos estancos cuyo crecimiento está mediado por la burocracia. En la red se generan núcleos dispersos, en constante crecimiento, que trabajan de forma simultánea. La interacción entre estos núcleos es la “conexión”. No requiere de una relación institucional entre los departamentos, la conexión es breve, aunque reactivable. Este modo dinámico de organización, sumado al impulso del avance de las tecnologías informacionales, se exporta a todos los ámbitos de la vida.

 

CONCLUSIONES

Uno de los elementos más relevantes de El espíritu del nuevo capitalismo de Boltanski y Chiapello es la insistencia en el papel de la crítica y de las ciencias sociales para la construcción del discurso de las clases dominantes. Este tema es crucial para entender, no solo la lógica del neoliberalismo, sino la derrota ideológica que los movimientos progresistas han experimentado frente a él. La ideología de mercado ha sabido tematizar todos los elementos que son relevantes para los trabajadores y para la comunidad política y movilizarlos en su favor. Las exigencias de libertad y autonomía no son producto de una invención teorética de la escuela de Chicago. Responden a una necesidad material[61], la de sociedades que, mientras avanzaban en cultura, vivían un proceso de burocratización y estancamiento. Estos problemas estructurales del fordismo son reales. Seguramente el sector que más vivió este fenómeno fue la juventud, que jugó un papel secundario en la producción mientras las generaciones anteriores seguían ocupando los puestos de responsabilidad en la vida pública y privada. El neoliberalismo aborda estas problemáticas buscando soluciones originales.
En Europa la ideología de mercado está lejos de ser hegemónica en lo cultural, la sociedad civil sigue teniendo una gran consideración por las instituciones que “protegen” a la ciudadanía, muchas de las reformas neoliberales han necesitado imponerse mediante la autoridad y la violencia, como señala Naomi Klein en La doctrina del shock (2007). Pero existen campos discursivos, cruciales para la sociedad, que ya han sido colonizados por la lógica del mercado. La ciencia económica, elevada ahora al mayor grado de legitimidad científica, se ha convertido en una ciencia de la administración empresarial, donde la escuela neoclásica es absolutamente hegemónica. Este núcleo de producción ideológica provee de “expertos” a partidos, empresas, gobiernos y medios de prensa. Así es como hemos llegado al “pensamiento único”, a la idea de una supuesta objetividad de las premisas económicas neoliberales. Los problemas económicos y sociales generados por las reformas neoliberales son presentados como la razón para radicalizar esas mismas medidas. “Dado que el paro no para de crecer es necesario abaratar el despido”. “Dado que el mercado no es capaz de asmiliar los cuadros generados en las universidades debemos adaptar la universidad a sus exigencias.
Al hablar sobre la sociedad la mayoría de sensibilidades ideológicas parecen coincidir en una serie de valores que podemos denominar “socialdemócratas” o propios del “estado del bienestar”. Así, todos los partidos con representación parlamentaria en nuestro país defienden, al menos discursivamente, la sanidad, la educación y las pensiones públicas. Incluso aquellos partidos de ideología liberal-conservadora defienden los recortes en tanto que “medidas necesarias para garantizar nuestro sistema de bienestar”[62].
El éxito del espíritu del nuevo capitalismo ha consistido en la capacidad de articular una serie de demandas de los trabajadores (autonomía, libertad creativa, participación) desde una perspectiva aparentemente progresista o modernizante, capaz de constituir sujetos inscritos, sin saberlo (de forma inconsciente) en esta lógica ideológica.
La crítica al capitalismo se ha centrado en criticar las demandas que el neoliberalismo no satisface, es decir, fundamentalmente las que atañen a la “protección” y la “seguridad”, mientras se dejaban sin atender toda otra serie de demandas relacionadas con la libertad y la autonomía, demandas que fueron valuartes de los movimientos anti-sistémicos de fines de los años 60.
El grave problema de este planteamiento es que no ha sido capaz de “hacer el duelo” sobre el fordismo. No obstante, su potencialidad consiste en que, si es capaz de hacer propuestas no mercantilistas para administrar la autonomía y la participación de los trabajadores, las posibilidades de articular las demandas de seguridad/protección y libertad/autonomía se multiplican. Los proyectos político-económicos emancipadores, y los dispositivos ideológicos que pretenda movilizar tienen el reto ante sí de encontrar las inconsistencias del neoliberalismo para hacer una propuesta superadora que no puede ser el regreso a un pasado “ideal” (en este caso representado por la Europa social posterior a la Segunda Guerra Mundial). Para eso es fundamental escuchar a los propios trabajadores, conocer sus demandas y como expresan (cuando lo hacen) sus vivencias.

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[1]El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia” Marx, K. (2001) Prólogo de la Crítica a la economía política. Marxist Internet Archive.
[2]Weber, M. (2001). La ética protestante y el "espíritu" del capitalismo. Madrid: Alianza Editorial.

[3]Fernández, C. (2007) El discurso del management. Madrid: CIS
[4] Boltanski y Chiapello (2002) P. 98
[5]Marx, K., (2002). Critica de la filosofía del estado de Hegel. Madrid: Biblioteca Nueva. P. 3
[6]Marx, K. (2007). El capital. México: Siglo Veintiuno Ed.
[7] En este caso la relación entre productores, distribuidores y consumidores no es percibida como una relación social entre personas, sino como una relación natural entre mercancías.
[8] Para ampliar conocimientos sobre esta adaptación de Lacan a lo social (y la recuperación de la dialéctica hegeliana): Žižek, S. (1992). El sublime objeto de la ideología. México, D.F.: Siglo Veintiuno.
[9]Žižek, S. (1992). El sublime objeto de la ideología. México, D.F.: Siglo Veintiuno.
[10] Entiéndase “discurso” con su acepción común, no en el sentido de la teoría del discurso de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe
[11]Badiou, A. (2009). Teoría del sujeto. Buenos Aires: Prometeo Libros.
[12]Althuser, L. (1984). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión
[13]Quisiera decir en primer lugar cuál ha sido la finalidad de mi trabajo durante estos últimos veinte años. No ha sido analizar los fenómenos de poder, ni sentar las bases para tal análisis. Busco más bien producir una historia de los diferentes modos de subjetivación de los seres humanos en nuestra cultura; he tratado, desde esta óptica, de los tres modos de objetivación que transforman a los seres humanos en sujetos”Foucault, M. (1990). Tecnologías del yo y otros textos afines. Barcelona: Paidós
[14]Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar. Buenos Aires: Siglo Veintiuno.
[15] Lo que para Bourdieu sería una parte fundamental del “habitus”.
[16]Gramsci, A. y Sacristán (2013), Antología. Madrid: Akal
[17] “Pura” en el sentido de que no depende más que de sí misma. Está influenciada por las condiciones reales de vida, pero estas son contingentes. Lo real es entonces le hecho político, mientras que la realidad material es contingencia.
[18] Aunque el concepto seguirá avanzando en la obra de Marx, acercándose cada vez más a lo que hoy en día entendemos por ideología, con conceptos como el de “fetichismo de la mercancía”.
[19]Boltanski, L., Chiapello, E. and Pérez Colina, M. (2002). El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid (España): Akal. P.71
[20] The Wall. Dir Alan Parker, Metro-Goldwyn-Mayer, 1982
[21]We don’t need no education /We don’t need no thought control / No dark sarcasm in the classroom / Teachers leave them kids alone (No necesitamos educación / No necesitamos control mental / Basta de oscuro sarcasmo en clase / Profesores dejen a los niños en paz) Pink Floyd – Another brick in the Wall (Part II), Roger Waters, Gran Bretaña, 1979.
[22] “El yo histérico se defiende de la percepción penosa con que lo amenaza la crítica de su superyó de la misma manera como se defendería de una investidura de objeto insoportable: mediante un acto de represión”. Freud, S. (1997). El yo y el ello y otras obras. Buenos Aires: Amorrortu. P. 53
[23] Entiéndase minoría no como un grupo humano cuantitativamente reducido, sino aquellos sectores de la población que se encuentran fuera de la norma: migrantes, homosexuales, pobres, etc.
[24]Bauman, Z. (1997). Modernidad y Holocausto. Madrid: Sequitur.
[25] El número de estudiantes se quintuplicó entre 1946 y 1971, pasando de 123.313 a 596.141. (Boltanski y Chiapello, 2002)
[26] En la facultad de Políticas y Sociología de la UCM se sigue impartiendo la asignatura “Economía Política”, lo cual deja entrever que existe cierto debate teórico sobre el término.
[27]Brue, S., Grant, R., Meza Staines, G. ý González Molina, R. (2009). Historia del pensamiento económico. México: Cengage Learning. P. 1
[28] Pese a que en ese mismo libro Adam Smith critica la posibilidad de dejar en manos del mercado todas las decisiones sociales.
[29]Brue y más, 2009:71
[30](Liria y Alegre 2010:219)
[31]Friedman, M. (1966). Capitalismo y libertad. Madrid: Rialp.
[32] Para esta definición se tiene en cuenta el “pensamiento socrático” y el idealismo alemán, aunque realizar una genealogía de este término requeriría un trabajo exhaustivo que no tiene sentido abordar aquí, el objetivo es establecer muy a grandes rasgos aquello que el neoliberalismo está resignificando.
[33] P. Rosanvallon citado en Boltanski y Chiapello (2002) P. 406
[34] Podemos encontrar la exhaustiva explicación de todos estos procesos en el Tomo I del Capital, escrito por Marx: Marx, K. (2007). El capital. México: Siglo Veintiuno Ed.
[35](Han C., 2012 P. 27)
[36](Han, 2012:25)
[37] “El neoliberalismo, como forma de mutación del capitalismo, convierte al trabajador en empresario (…) Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa” (Han, 2014:17)
[38]REVIRIEGO, J. (2011). "Es hora de trabajar más por menos". El Confidencial. [online] disponible en: http://www.elcorreo.com/vizcaya/v/20110320/politica/hora-trabajar-menos-20110320.html [consultado 8 Junio. 2016].
[39] Coaching es una actividad, normalmente remunerada, similar al “personal training” que consiste supuestamente en ayudar o persuadir a un individuo para que consiga con éxito sus metas. Sirve como herramienta de “educación” individualizada para personas que no se han adaptado correctamente al sistema, una subjetivación voluntaria con el objetivo de adaptarse a los requisitos del orden social y beneficiarse así de sus recursos.
[40]Para conocer este fenómeno: Ehrenreich, B. (2011). Sonríe o muere. Madrid: Turner.
[41]Estos mecanismos auto-reflexivos promovidos por el neoliberalismo ya fueron señalados en la última etapa de Foucault como “tecnologías del yo”: M. Foucault, Tecnologías del yo y otros textos afines, Barcelona, Paidós, 1990, P.61 Citado en Han C., (2014) Psicopolítica, Barcelona, Herder Ed
[42]Rendueles, C. (2013). Sociofobia. Madrid: Capitán Swing. P. 41
[43]Rendueles, C. (2013). Sociofobia. Madrid: Capitán Swing. P. 22
[44]: “un determinado modo de manifestar su vida [la de la humanidad], un determinado modo de vida de los mismos” (Marx, K., 1975)
[45]Citado en Sennett, R. (2000). La corrosión del carácter. Barcelona: Editorial Anagrama. P. 33

[46] Especialistas no el en el sentido de “expertos” o “cualificados” sino de “especializados”, vinculados a una actividad específica.
[47] Citado en Sennett, R. (2000) P.37
[48] Citado en Ferández 2007 P.23
[49]Durante los años setenta, la sensación persistente de inestabilidad y el declive de la economía norteamericana favorecieron la aparición de una literatura centrada en los shocks del futuro: no solo se trata de obras como las de Alvin Toffler, que anticipan “… la muerte del industrialismo y el nacimiento de una nueva civilización” (Toffler 1982 P.12); también las de algunos autores de las filas del management clásico como Peter Drucker, que contempla la llegada de una “era de discontinuidad” en la que se multiplican los riesgos y también las oportunidades (Drucker, 1969)” Citado en Fernández 2007 P. 27
[50]Friedman 1966, Citado en Klein N., 2007 P. 5
[51] Como ya anticipamos en los puntos de “La escuela neoclásica y el homo-económicus” y “La sociedad del rendimiento y la autoxplotación”
[52] Gelinier, 1966. Citado en Boltanski y Chiapello 2002 P. 109
[53] Senlle y Stoll (1995) P. 88 citado en (Sánchez 2004).
[54] Castillo (1997) P. 93 citado en (Lahera Sánchez, 2004:73).
[55] Lahera Sánchez, 2004:79
[56]Sennet 2000:47
[57] Boltanski y Chiapello 2002:142
[58] Que podríamos reproducir así: “Es verdad que antes no podías moverte de las rígidas estructuras burocráticas y jerarquizadas, pero al menos sabías que podías contar con un salario digno y que ibas a poder pagar la universidad a tus hijos”, frente a “Es verdad que ahora no puedes contar con una seguridad a largo plazo, pero al menos tienes la posibilidad de realizar trabajos que realmente te realicen como persona y en los que tú seas tu propio jefe”.
[59]La noción clave en esta concepción de la vida en el trabajo es la empleabilidad, noción que designa la capacidad de la que deben estar dotadas las personas para que se cuente con ellas en los proyectos. El paso de un proyecto a otro es la ocasión para que crezca la empleabilidad de cada cual. Esta constituye el capital personal que cada uno debe gestionar y que consta de la suma de sus competencias movilizables. Se considerará que una empresa ofrece una cierta forma de seguridad cuando, a falta de poder evitar los despidos y de prometer posibilidades de promoción, no destruye la empleabilidad de sus asalariados, sino que, por el contrario, la desarrolla”.Boltanski y Chiapello 2002:154
[60] Boltanski y Chiapello 2002
[61] Incluso podríamos decir a una necesidad intrínseca al proceso de producción.

[62]“Cospedal dice que la austeridad es instrumento indispensable para hacer sostenible el Estado del bienestar”  http://www.lavanguardia.com/politica/20120513/54293214895/cospedal-ve-austeridad-manera-sostener-estado-bienestar.html